lunes, 17 de diciembre de 2007

El abogado-poeta Leonardo Pereira


Doctorado Honoris Causa
para un hacedor de lluvias



En lugar de llamar a misa, las campanas de la Capilla de El Calvario, en la Zona Colonial de Carora, parecían susurrar, bajo el efecto de secular resolana, que la ceremonia sería una en la cual la poesía, de la mano del derecho, estaba dispuesta a vestir el traje, y blandir los códigos, de la irreverencia.
En Carora todo es posible. Aquí lo insólito se vuelve rutina. Tierras yermas avientan los frutos más jugosos. Vacas inmersas en sed inmemorial, le arrebatan secretos al discreto camello que nunca ha visto. Por mucho que el cielo se tiña del gris más sombrío, jamás se sabrá si ha de llover o no. La ruda mano callosa que brega con el apero, acaricia sensitiva las letras de Kant, o las de Nietzsche. Entre esos cardos, en cualquier miserable recoveco de caminos borrosos y sin nombre, pueden surgir ahora mismo los perfiles de un hombre universal. Un Chío Zubillaga, un Ambrosio Oropeza, un Alirio Díaz.
Así, en esta iglesia sin sacerdote a la vista, Leonardo Pereira Meléndez, singular como todo caroreño que se precie, elevó solemne su oración particular, memorial, terrena. “Padre mío que estás en el cielo…”, saludó, entogado. Su propia feligresía escuchó con expectación devota al implorar: “Santificadas sean las mujeres que me amaron y dejaron mi cuerpo disperso”.
Nadie dijo amén. Nadie, tampoco, pidió la excomunión. Apenas un sordo murmullo puritano.
Es que era, justo, el día de la consagración del abogado y escritor.
“Ven a mi Reino, urdido de deseos, convierte mi tristeza en el arcoiris de Noé”, salmodiaba ahora, crédulo, elevado. La celeste luz de los vitrales le imprimía a sus preces un aura de santidad incierta. O de ruptura reflexiva con toda afectación heredada.
La Philo-Byzantine Magistrorum Academy and University, de Miami, Florida, se había trasladado a su ilustrada comarca, para concederle, medalla y pergamino mediante, el doctorado Honoris Causa en Jurisprudencia, “por su trayectoria como escritor, poeta y abogado penalista, que ha venido aportando a la doctrina sus investigaciones a través de órganos periodísticos nacionales como extranjeros”.
“No me es ajena la vida bizantina”, advirtió Pereira Meléndez en clase magistral. “De hecho, provengo de un pueblo mágico: San Cristóbal de Aregue. Más allá de Las Huertas, La Mesa, La Cruz Verde, El Tanquito, más acá de Chipororo, queda San Cristóbal de Aregue, donde tengo enterrado mi ombligo, porque ahí, en ese agraciado lugar nació mi madre, y nacieron mis abuelos y bisabuelos; comarca donde renace en cada casa, y en cada habitante, una palaciega soledad, sempiterna, llena de una infinidad próxima a la nostalgia”.
Egresado de la Universidad Santa María, el joven intelectual tiene en su haber postgrados y maestría en la especialidad de Derecho Penal, del mismo claustro; en Derecho Procesal Penal, por la Universidad Fermín Toro; en Literatura Latinoamericana, por el Instituto Inter-universitario Cecilio Zubillaga Perera; y Doctorado Honoris Causa en Derecho, por la University de San Alberto Magno, de California.
Su producción literaria es ya prolífica. Enjundiosa. Con más de doce títulos en su haber, instituciones culturales y jurídicas de nuestro país, y del exterior, se han sentido motivadas a reconocerle. Su poesía brilla en varias antologías y ha sido estudiada por Juandemaro Querales, Miguel Prado y Hedí Rafael Pérez. Este mismo mes tiene previsto presentar una nueva obra suya: Anotaciones de Derecho Procesal Penal, compilación de ensayos a ser prologada por el reconocido jurista cubano-venezolano Dr. Eric Lorenzo Pérez Sarmiento.
“Ya no soy el mismo”, recita ahora Leonardo. ¿O es una oración, un cántico, tal vez? Escuchemos: “Si bien no he dejado de soñar con un mundo mejor, ya no creo en el hombre. Quizás porque he andado estos últimos diecisiete años en medio de lobos. Me nombran y callo. No digo nada. No hablo nada. He dejado de construir casas de caracoles. Soy humano. Soy poeta. Un escritor de provincia. Un hacedor de lluvias. Eso soy y seré siempre”.
En esa nave de templo con cuernos en su fachada, descubiertos, eso sí, por Luis Beltrán Guerrero, y muy cerca de donde “entre pájaros, luciérnagas, lagartijas y cigarras del mes de mayo”, vio crecer Héctor Mujica el habla y el entendimiento, el poeta doctorado proseguía inexorable, un poco más allá de sus mostachos: “Hoy estoy agradecido. Aunque sé que siempre seré el secreto nunca develado, la ventana marchita, la piedra transparente. Sí, seré sólo eso, el que retorna sin glorias al pasado lleno de vidrios, sobre el caballo de la muerte”.
Miguel Prado analiza a Leonardo Pereira Meléndez como ensayista que transita hacia “un prodigioso rito de la palabra”, y, asimismo, advierte su proximidad a la crítica literaria, enriquecida por su febril bagaje de lecturas. Al detenerse en “los demonios interiores” de su lírica, es consecuente en destacar su “nivel técnico preponderante basado en la imagen”. Sugiere que “en el mapa de todo su quehacer literario esta figura se impone en forma metódica”, constante, azuzada.
Es, dice el literato, partiendo de su edad temprana, “un escritor integral en franco crecimiento”.
Por su parte, Juandemaro Querales, al adentrarse, severo, escrupuloso, en la tesitura escritural del poeta-penalista (“sólo en ella, en la dadivosa poesía, he sentido que el cosmos donde habito suele estar lejano y pequeño, como cuando la noche engendra la flor del tiempo”, se confiesa el autor), ausculta un hallazgo pleno de obviedad: la influencia que en las nuevas promociones de escritores debe haber ejercido “una región con tradición de buenos ensayistas y poetas”. Humanistas como Luis Beltrán Guerrero, Héctor Mujica y Guillermo Morón, dice, “son modelos para verse reflejados en los trazos de unas líneas ingenuas e impresionistas, y ganar después la madurez que da la formación”, el encuentro oculto con los lectores, el asiento de un estilo.
Buena misa sin clérigo, y copiosa en abluciones y confesiones profanas, y místicas, la que fuera oficiada ese sábado. Augusto a ratos, llano casi siempre, Pereira Meléndez convocó querubes y demonios, por igual, para su oficio de fe. “Porque además, soy religioso, y como todo poeta creo en Dios y en los ángeles, aunque los míos, mis ángeles, sí tienen sexo”. Ninguno de los fieles sabía exactamente qué debía responder en aquel punto. En Carora todo es posible. “Gracias Princesa de Byzancio por eternizar mi amor por la poesía, y mi pasión por el derecho”. Amén.
José Ángel Ocanto

"Soy la primera balsera venezolana"

Entrevista a la periodista Patricia Poleo, en Miami


De haberme quedado, todavía estaría en la cárcel

Voy a volver, voy a regresar, a defenderme. Yo suspendí mi vida hasta que pueda volver

Este juego ha sido muy sucio

Tarde o temprano, Isaías Rodríguez tendrá que responder por esto

Chávez es un proceso que teníamos que vivir los venezolanos



“Salí de Venezuela, por el estado Falcón, a bordo de una lancha que se estaba despedazando. Había mar de leva. Era el sábado 10 de diciembre de 2005. Fue una travesía turbulenta, de nueve horas, con olas de cinco metros. Sufrí mareos, deshidratación y varios desmayos. Tragué agua salada, vomité muchas veces. Fui advertida de que sería difícil, pero aún así decidí zarpar. Mi papá dice que no tengo la enzima que produce el miedo, que eso es una atrofia. Íbamos tres personas, incluyendo a un militar activo. Créeme que no hablo mucho de esto con mis padres. Cuando, al fin, llegamos a Curazao, eran ya las cinco de la tarde. Desde ese momento pasé a ser la primera balsera venezolana”.
Patricia Poleo habla, con calma pero sin zafarse de su pasión, siempre desvelada, mientras conduce su auto, por las calles de Miami, donde vive, con visa de turista. Vamos hacia el estudio de Telemiami, para la grabación de su programa “A punto” de esa noche. La ciudad afuera es una ancha y desierta faja de asfalto. Ella se aferra a su negativa de solicitar asilo, porque su ambición, insiste, es retornar. “Voy a volver, voy a regresar, a defenderme”.
El 4 de noviembre de 2004, jueves para más señas, le dictaron auto de detención. El Ministerio Público la sindicaba como “autora intelectual”, junto al empresario Nelson Mezerhane y el general (r) Eugenio Áñez Núñez, del crimen del fiscal Danilo Anderson. “Yo estaba en clases cuando me avisaron que había una orden de aprehensión en mi contra”.
Eso marcó su pase a la clandestinidad. Iba de un sitio a otro, en las maleteras de los vehículos. Su padre, el veterano periodista Rafael Poleo, director de El Nuevo País, y quien también sorbió las hieles del exilio bajo CAP, al que, siendo adeco, combatió, había exclamado: "No la quiero cautiva como Mandela, sino libre como Betancourt".
La policía la rastreaba como perros tras su ansiada presa. Las pesquisas abarcaban un amplio radio: Margarita, Anzoátegui, Vargas. La quinta Bucaral, su domicilio, en la urbanización La Floresta, de Caracas, había sido allanada y registrada desde las 9:30 de la mañana hasta la 1:00 de la tarde. La dejaron en tal desorden que parecía haber sido sacudida por un ciclón. “Revisaron 1.005 disquetes, con mis archivos”, precisa ella.
El fiscal Isaías Rodríguez entró en sospechas, porque, según él, la periodista había publicado informes “demasiado exactos” en relación al asesinato de Anderson. “Eran las actas de declaraciones aportadas incluso por una hermana de Danilo, Lourdes Anderson, quien habló de una red de extorsión integrada por los mismos fiscales que me acusan. Esas actas desaparecieron”, alega.
−Querían aterrorizarme, hacerme callar.
El hilo de la historia tiene otras vertientes. Uno de sus guardaespaldas murió baleado. Otro sobrevivió, de milagro, a cinco tiroteos en serie.
−De haberme quedado, todavía estaría en la cárcel −suspira, inmersa en los fogonazos de sus recuerdos.
Está enterada de todo cuanto pasa, día a día, en el país. Lo que declaró esta mañana Cilia Flores respecto a la reforma. Lo planteado apenas hace un rato por los estudiantes universitarios, en plan de recalentar la calle.
−¡Cómo me ha dolido la muerte del Cardenal Rosalio Castillo Lara! Vivía llamándonos, a quienes estamos en el exilio. A mí me dijo: “Tú no tienes derecho a claudicar”.
−Las autoridades venezolanas han sugerido que pedirán tu extradición.
−Ojalá. Así el gobierno tendrá que presentar las pruebas que dice tener. Y yo podré defenderme. Yo puedo probar que no estuve en Panamá ni en Miami en las fechas que según el testigo estrella del fiscal, Giovanny Vásquez, se planificó el crimen de Danilo Anderson. Yo me quiero defender. En cuanto me abran un huequito, me voy.
−¿Estás consciente de que mucha gente te critica por haber huido? Desde sus cómodas poltronas, lo consideran una cobardía.
−No me gusta responder eso. Hubo periodistas que me criticaron. Decían que mi actuación era política. Ahora ellos también están en la calle, luchando. Yo he dado bastantes demostraciones de mis luchas. A mí me persiguen por no haber bajado la cabeza. Teníamos información de primera mano según la cual el G2 cubano me estaba esperando en la Disip para someterme a quién sabe qué tipo de humillaciones. Por eso es que le echaron mano a esto. En libertad, he podido seguir luchando, haciendo denuncias. Mi papá me pregunta cómo es que desde aquí puedo manejar tanta información. Hay gente que viene aquí a hacerme confesiones. No tengo el estrés que tendría allá. Además, aquí tengo toda la impunidad.
−¿Qué tipo de vida llevas aquí? ¿Vives, realmente? ¿Puedes liberarte en algún momento de tu historia?
−Fíjate que jamás voy a una fiesta. Yo suspendí mi vida hasta que pueda volver. Esto le ha hecho mucho daño a mi familia, no tengo problemas en reconocerlo. Le ha hecho mucho daño a mi hija, Germania. Este juego ha sido muy sucio. Mi mamá es fuerte, y no me ha exteriorizado jamás su angustia.
−¿Qué papel le asignas a Hugo Chávez en tu infortunio?
−Yo tengo la convicción de que detrás de mi caso no está Chávez. Creo que él lo hubiese hecho mejor. Seguramente no habría sido tan chapucero como Isaías, quien, tarde o temprano, tendrá que responder por eso. Chávez quiere salir de él desde hace rato. Pero Isaías ha rogado que lo deje un poco más.
−¿Le guardas rencor, acaso lo has llegado a odiar?
−No. Yo creo que él no puede dormir. No está en paz. Es una persona atormentada. Sé que esto va a pasar. Creo en Dios y en la perfección de su tiempo. Después de esto quisiera que Isaías se sentara un día con mi hija, que hablara con ella, y que él oiga de los labios de ella las cosas por las que ha pasado todo este tiempo. He tratado de darle una vida grata a mi hija. Cumplo con mi deber de levantarla sin odios. Ella sí tenía resentimientos, y, aunque no ha sido fácil, se los he curado. Quiero que no olvide su país, su idioma, quiénes somos. Pero, sobre todo, que no odie.
−¿Cuántos años tiene ella ahora?
−Trece. La traje de once. Ella es modelo adolescente. Yo, como siempre trato de ver el vaso medio lleno, y no medio vacío, le he hecho ver las ventajas de su situación. Tiene a su mamá libre, y ella ha aprendido otro idioma. Yo nunca me imaginé que iba a estar fuera del país cuando mi hija desarrollara.

Exilio: Un tiempo para preservarse

−La palabra exilio debe tener, para quien lo ha vivido, un significado distinto, inaccesible para aquellos que no lo han padecido. ¿Puedes describirlo?
−Yo tengo del concepto del exilio uno ligado a la figura de Betancourt. Es tiempo para preservarse, para dar la lucha de otra forma, pero seguirla dando, al fin y al cabo. Yo no estoy aquí porque me da la gana. Le ruego a Dios, todos los días, que se acabe esto.
−¿Qué tipo de fin le ves, en este instante, al drama venezolano?
−Va a ser terrible. Yo no veo a Chávez muerto, pero sí lo veo preso, respondiendo por cada uno de los efectos de su actuación. Por las muertes, los presos políticos. Lo que más duele es que haya gente injustamente en las cárceles, y nadie se acuerde de ellos. Es como si no existieran.
−¿Qué valoración tienes de la actual oposición?
−Mira, yo creo sinceramente que Chávez es un proceso que teníamos que vivir. Nos hemos dado cuenta de que la democracia no formó verdaderos demócratas. Formó, sí, esa deformación que es Hugo Chávez.
−¿Crees que Chávez saldrá del poder por fuerza de los votos?
−No. ¡Nunca! Él se arriesga a ir a elecciones porque lo tiene todo controlado.
−¿Temes, como muchos, que el final de esta historia se verá teñido de sangre?
−Va a ser duro. Pero te diré una cosa que siempre me trae detractores. Sigo confiando en los militares. Ellos no van a permitir que esto se desborde.
−¿Qué papel quieres desempeñar, a tu regreso?
−El papel de periodista. Vamos a ser más importantes que nunca, a la hora de velar porque no se repitan los errores que nos llevaron a esto.
−¿Cuál líder opositor, de los actuales, te merece confianza?
−No sé. Creo que va a surgir un líder nuevo. En el que más confío es en Hermann Escarrá. Creo que él jamás ha colocado su interés particular por encima del interés colectivo. No creo ni en Manuel Rosales, ni en Julio Borges, ni en Teodoro Petkoff. Lo que hizo Rosales en diciembre es algo insólito. Que no cobrara sino que dejó eso así. Teodoro tiene un pacto con el gobierno. Hace poco declaró en Managua que Chávez todavía no es un dictador y que Rosales no es maduro. ¿Tenemos que esperar que Rosales madure y que Chávez termine de destruir al país? Borges, en una nación en la situación explosiva de Venezuela, se da el lujo de tener cuatro hijos. Es un acomodaticio, capaz de vender al país en cualquier momento, con tal de mantenerse él. ¿Tú te imaginas a Betancourt, en la época de Pérez Jiménez, teniendo cuatro muchachos? Yo he leído por allí que "el ruiseñor no anida en su jaula, para que la esclavitud no sea el destino de su cría".

La enseñanza del Cardenal

−La oposición venezolana está dividida. Unos llaman a votar en el referendo de diciembre. Otros predican la abstención. ¿Cuál es tu tesis?
−No hay que votar. Si acudes a la mesa de votación, legitimas el resultado. Ahora, el debate no puede ser el de votar o no votar.
−¿Entonces?
−¡Salir a la calle! Crear un estado de crisis tal, que no permita esas elecciones, que son absolutamente inconstitucionales. Debemos atender el llamado del Cardenal Castillo Lara, que no es otro que el de acogernos al artículo 350 de la Constitución vigente. Esa es la invalorable enseñanza que él nos dejó.

¿Qué cuántas veces me he quebrado?

−¿Qué es lo que más añoras del país?
−Mi casa, mi mamá, mi papá. Yo soy muy apegada a los dos. Cuando ellos están aquí y se van, me siento morir. Para mí el exilio no es rumba. Mi vida aquí se reduce a lo elemental.
−Proyectas una imagen de mujer dura, inflexible. ¿Te has quebrado alguna vez?
−Sí −dice con vivacidad, habla de sus debilidades con el mismo ímpetu que de sus fortalezas, y me mira, traspasándome, como preguntando con los ojos si acaso no he advertido sus pliegues de mujer, sus mortales y tangibles espantos−. Me he quebrado de impotencia. ¡De im-po-ten-cia! Al principio, cuando me llamaron asesina por televisión, estuve a punto de ir a la Fiscalía, a caerme a golpes. ¿No sabes a quién le pido todas las noches que me ayude a resolver esto? A Danilo. Yo estoy de segura de que donde él esté, tiene que estar muy molesto con lo que han hecho con su muerte.


Una cita con la fe en las alturas de Bogotá

El Santuario de Monserrate

Foto: JAO
En el año 1925, luego de ciertas reformas, el santuario cobró la forma que ostenta en la actualidad

Foto: JAO
Las muestras de fe entre los visitantes afloran por doquier

Foto: JAO
Así se ve el Cerro de Monserrate, desde La Candelaria. ¿Quién resiste este llamado?


A 3.210 metros sobre el nivel del mar, este altillo, junto con el de Guadalupe, un poco más empinado, tan cercanos ambos que parecieran ir en muda procesión, son considerados los cerros tutelares de la ciudad


Lo primero que supimos es que Monserrate significa “monte en forma de dientes”.
Desde abajo, la vista en verdad no es la de una cima afilada, ni mucho menos.
Casi siempre envuelta en imperturbables neblinas, observada desde las estrechas callezuelas de La Candelaria, en el corazón fundacional de Santafé de Bogotá, la invitación al ascenso es toda una provocación.
Por encima de los húmedos techos de tejas, se recortan imprecisos allá en las alturas los rasgos blanquecinos del Santuario de Monserrate.
A 3.210 metros sobre el nivel del mar, este altillo, junto con el de Guadalupe, un poco más empinado, tan cercanos ambos que parecieran ir en muda procesión, son considerados los cerros tutelares de la ciudad.
Desde el mediodía en que, bajo cerrado aguacero, adivináramos, a lo lejos, su mística presencia, sabíamos que iríamos hasta allá.
Al día siguiente nos dispusimos a esa grata aventura, que recomendamos ampliamente.
En el Paseo Bolívar, carrera 2 este, muy cerca de la Quinta de Bolívar, está la estación en la cual usted puede abordar, por 3.900 pesos los adultos, bien el teleférico o el funicular. ¿Cuál es la diferencia?
Mientras el teleférico, como el de Mérida, el más alto y largo del mundo, es un sistema de transporte que consiste en cabinas aéreas, colgadas de cables, el funicular se desplaza por tierra, sobre una vía de ferrocarril. Opera como un ascensor, de forma que al propio tiempo que un vagón sube el otro baja. El funicular de Monserrate, inaugurado en agosto de 1929, como para agregarle emoción al paseo, atraviesa un túnel.
El trayecto, por sobre frondosos bosques de eucalipto, a 3.2 metros por segundo y bajo un techo de cristal, es de apenas cuatro minutos. Un suspiro, se puede decir, y todo el sistema luce seguro, estable, cómodo, con un excelente mantenimiento.
Un detalle importante es que muchas personas, incluso familias, remontan el cerro a pie, por un sendero angosto y empedrado. Alguien nos dijo que tardan unos cuarenta minutos, a buen ritmo. Unos lo hacen por deporte, por lo placentero del recorrido. Otros, por razones que impone la devoción. Con el ropaje de esa ceremonia, el paseo se convierte en peregrinación. No falta quien, en el pago de una promesa, ha sido visto ganando la cima descalzo, o de rodillas. Ciertamente estos crueles métodos de expiación, hay que subrayarlo, la Iglesia católica no lo avala.
Cuando usted desciende del vagón, en la estación superior, debe tomar unas caminerías, por entre árboles imponentes, el perfume de pródigos jardines, el rumor de las fuentes, los inesperados retazos de niebla, la condición de mirador de cada punto soberbio de la ruta, y, lo más impresionante, la sucesión de monumentos traídos desde Florencia, Italia, hace más de medio siglo, en representación del Vía crucis. Las 14 estaciones padecidas por Cristo hasta morir en el madero de los tormentos, las va reviviendo el visitante, con fruición, en la medida en que asciende hasta el santuario, donde reposa la imagen del "Santo Cristo Caído a los azotes y clavado en la cruz", esculpida en 1656 por el maestro santafereño Pedro de Lugo y Albarracín.
Es difícil no sentir aquí los llamados de la devoción, no importa cuál fe se profese.

Insuperable mirador

Desde Monserrate se obtiene la mejor vista panorámica de Bogotá y sus alrededores. Con un clima favorable es posible observar desde aquí el Parque de Los Nevados, a más de 300 kilómetros de distancia

La imagen

Según la tradición, la imagen del Cristo Caído llegó hasta aquí por equivocación. Algo parecido ocurrió en Santa Rosa con la Divina Pastora

Los relatos

“Muchas mas historias crecen en torno al cerro.
Así, en un pequeño libro que se vende en el santuario y que contiene la historia del mismo, se asegura que en 1895 el equilibrista Harry Warner tendió un cable entre Guadalupe y Monserrate y lo cruzó a pie.
Relatos fantásticos abundan en la memoria de los cachacos y contribuyen a la magia que se despierta El Señor Caído de Monserrate.
Al santuario de Monserrate se llega por tres caminos: a pie, que recorren los devotos en pago de alguna promesa, por teleférico o por funicular”.

Los favores

“Ya desde los siglos pasados la venerada imagen del Señor Caído se bajaba a la ciudad cuando el verano era demasiado largo y su rigor estaba haciendo grandes daños o cuando llegaban terribles epidemias de viruela o tifus, entre otros males. La gente devota acompañaba piadosamente a la sagrada imagen y los favores tan deseados se conseguían prontamente”.
Tomado de Vida de Santos, del P. Eliécer Sálesman

Bogotá: El Valle de los Alcázares

Foto: JAO
La Zona Rosa está comprendida entre las calles 82 y 84 y las carreras 11 y 14. Es el lugar apropiado para quien busca diversión. Las discotecas, casinos, restaurantes de diversas nacionalidades y cafés al aire libre, constituyen un atractivo turístico especial

Foto: JAO
La Candelaria forma parte del Distrito Histórico, junto con Usaquén y Chapinero

Foto: JAO
La Torre Colpatria, en el sector de San Diego, y vista aquí desde el Cerro de Monserrate, es el edificio más alto de Colombia (196 metros). Tiene 50 pisos y fue construida en 1979. Allí tienen su sede diversos bancos y entidades financieras

El bogotano asume su existencia con hidalguía, solemnidad y esplendidez. Aquí, los ímpetus de un espíritu colectivo noble e industrioso construyen mañanas y anhelos de paz entre los repentinos estrépitos de las bombas, la sombra de los muertos y el brutal espanto de los mutilados

La tradición dice que cuando el Conquistador español llegó a la encumbrada sabana sobre la cual hoy se despliega Bogotá, en agosto de 1538, su maravilla ante tanta belleza y abundancia fue tal, que la llamaron Valle de los Alcázares.
Pensaban aquellos hombres que venían de cubrir una desastrosa travesía a lo largo del río Magdalena, en la edificación semejante al castillo que la influencia árabe siglos atrás había convertido en alcázar, tanto en Segovia, por ejemplo, como en Toledo, o en Madrid.
El encanto debió haber sido mayúsculo, sin duda. ¿Dónde podían ver un alcázar, que fue siempre residencia favorita de reyes, por entre aquellas tierras sobre las que ellos pronto erigirían apenas un remedo de caserío, con unas doce chozas improvisadas y los asomos ilusorios de una iglesia?
Basta recorrer La Candelaria, con su preservada memoria arquitectónica, e histórica, sus zaguanes, portones tallados, aleros y mansardas, para tener una idea, aproximada siempre, de la alucinación fundacional, escenificada en el descanso del Zipa, en lo que se conoce hoy como Chorro de Quevedo. (Zipa era el rey de los muiscas, un pueblo indígena, cultivador de maíz, papa y algodón, además de excelentes orfebres).
La Candelaria es fruto de la expansión del asiento primigenio. Fue el centro político de la ciudad durante la Colonia. Aquí tenían su sede la Real Audiencia y el Virreinato. Diezmado, el fundador, Gonzalo Jiménez de Quesada, que había partido de Santa Marta con unos 500 hombres para acabar aquí con 70, había querido denominar estos sus territorios como el Nuevo Reino de Granada. Fue una cédula real del emperador Carlos I la que en 1540 elevó a Santafé a la categoría de ciudad. El sabio Humboldt le pondría por luminoso rótulo el de Atenas de América.
Caminar el admirablemente conservado corazón histórico, flamear asombros sobre sus empedrados senderos, es comprender, al vuelo, el ancestral bagaje que tiene por herencia una sociedad capaz hoy de rellenar de vida y esperanza los resquicios que deja abierta, como punzante herida, la atrocidad de un conflicto armado de más de medio siglo, sin asomo alguno de solución duradera.
El bogotano asume su existencia con hidalguía, solemnidad y esplendidez. Así, entre las grises y álgidas brumas de una urbe en cuyos perímetros la palabra guerra apenas se menciona en voz alta, pero, allá en lo más insondable de cada conciencia es mortificación subyacente, los ímpetus de un espíritu colectivo noble e industrioso construyen mañanas y anhelos de paz entre los repentinos estrépitos de las bombas, la sombra de los muertos y el brutal espanto de los mutilados.
El lector sabe bien que cuando se viaja uno de los ejercicios inevitables es ir confrontando mentalmente las imágenes que vemos con las del país propio.
Admítase, entonces, esta confesión. Se siente envidia, de la sana, si es que existe, al ver la intensa y armónica vida que tienen, por ejemplo, las librerías, ricamente actualizadas, y los cafés al aire libre en un ambiente de ensueño, el Parque de la 93. O la reposada afluencia familiar en el Parque Metropolitano Simón Bolívar, con sus casi 400 hectáreas de verdor, lagunas, ciclovías, terraza mirador, concha acústica. O el sosegado desplazamiento de los transeúntes por calles pulcras, con aceras anchas y despejadas, sin la contaminación, visual e ideológica, de las vallas inmensas que en Venezuela nos atosigan, mientras, además, desaparecen espacios emblemáticos como el de los cafés de Sabana Grande, en Caracas. Y, como guinda que faltaba en un desbarajuste que nos envuelve y aprisiona, los ateneos de Venezuela, propulsores de cultura, sólo por recibir el respaldo de la empresa privada, reciben ahora el peso monstruoso de la acción aniquiladora de esos a quienes el escritor Adriano González León ha llamado, con justificada ira, “marginales del alma”.
Duele registrarlo, pero es una realidad que nos escuece.
Mientras tanto, bien por Bogotá y los bogotanos. Gracias, por ser como son.


Esa es Bogotá

Leímos que en el último año el Aeropuerto El Dorado ha aumentado en un 66% el número de vuelos nacionales e internacionales. 2.597 vuelos adicionales, sólo en los últimos 365 días.
En los años 2007 y 2008, Bogotá es Capital Mundial del Libro, una insignia que habla muy bien de esta culta ciudad.
Ciudad Salitre es una ciudadela planeada que sirve de sede a multinacionales. Abarca parques de tecnología, como Maloka, con 350 módulos interactivos y el Cine Domo. Su cine de formato gigante 8/70 tiene capacidad para 314 personas. Se presentan diez funciones diarias durante todo el año.
El Hard Rock Café de Bogotá posee seis salas de Cinemark.


Arte, cuero, artesanías

Las galerías de arte más exclusivas de Bogotá D.C. se ubican en el centro y norte de la ciudad, al igual que en Medellín, Cali y Bucaramanga.
Las manufacturas de cuero, de excelente calidad, se encuentran en los almacenes especializados de los centros comerciales. Igual ocurre con las artesanías: móviles, chivas, vírgenes, tapetes, ruanas, madera, pedrería, precolombinos.
Hay una infinita variedad de opciones.

Los nombres

La ciudad primero se llamó Bacatá. Luego, Nuestra Señora de la Esperanza. Después, Santa Fe. Más tarde, Bogotá y, por último, Santa Fe de Bogotá Distrito Capital, según la Constitución de 1991.

Zipaquirá

Si dispone de una mañana entera, dispóngase a visitar Zipaquirá. No se arrepentirá, se lo aseguro.
Queda a 49 kilómetros de Bogotá, siguiendo por la Autopista Norte y doblando hacia el Occidente en La Caro. Luego de pasar por Cajicá, pueblo famoso por sus tejidos de lana, llegará a nuestro destino.
Allí usted podrá admirar la Catedral de Sal, excavada en las entrañas de una mina, a 120 metros de profundidad.
Le garantizó que se quedará maravillado.

lunes, 22 de octubre de 2007

Prólogo

Los 53 artículos de un cronista de la moral

William Amaro Gutiérrez



Prólogo escrito por el periodista José Ángel Ocanto, para el libro El poder de Dios a través de la Prensa, del educador William Amaro Gutiérrez



Provengo de una familia religiosa.
Si alguna inmodestia me permito, cuando cabe, es afirmar que el primer libro que leí, a los seis años, fue la Biblia.
Me estremecían las historias que allí se relataban. Las imágenes sagradas, las parábolas, los lugares referidos, aquellos nombres perdurables. Abraham llamé a uno de mis hijos. El de Sara lo lleva la última de mi descendencia. ¿Cómo contarles y convencerlos de que no exagero si les comento que en una imborrable ocasión pude mojar mis manos en el río Jordán, y que sentía como si estuviera faltándole los respetos a aquellas aguas venerables? Recuerdo que, aún sin saber nada del mundo, ni de las gentes, me introducía de pies y cabeza en ese libro inmenso, como quien se interna en un ánfora cargada de memorias eternas, de voces y misterios a los cuales asistía con indescriptible embeleso.
Esa es una, solo una, de las razones, que me acercan a la escritura de William Amaro Gutiérrez. Sus artículos los leo -no sé, ciertamente, desde cuando-, con interés y deleite. Siempre digo, y permítanme la ociosidad de repetirlo en este punto, que leer no es simplemente el acto de pasar la vista por una hoja de papel. Leer no es un rito mecánico. Se lee, de verdad, cuando sorber cada palabra, cada enunciado, cada giro, se convierte en un hallazgo, en una fruición. Se asiste, pues, a una ceremonia cargada de ofrendas y finezas espirituales. Leer es una fiesta, y William Amaro se ha vuelto todo un diestro en ese exigente arte de hacer de sus periódicas convocatorias, una romería íntima y seductora.
Los artículos del autor que hoy nos ocupa, que en El Impulso ya suman 53, llevan estampado el sello de una mirada devota. Sea que escriba sobre política, filosofía, salud, o sobre algún tema relacionado con la cotidianidad (la reflexión en torno al drama de los niños de la calle, pongamos por caso), en sus puntuales entregas habrá, sin falta, un hilo conductor impregnado de razonamiento cristiano. Es la óptica desde la cual describe y analiza los acontecimientos que desfilan, día a día, ante los ojos de un observador que se concibe obligado a ponderar y moralizar, sin asumir, eso sí, la pose estricta, ampulosa y exasperante del sermoneador.
No se trata, créanme, de un ejercicio fácil. Por lo contrario, este camino está plagado de una infinidad de obras y escritores malogrados. En opinión de los entendidos, la tentación moralizante suele abandonar, a quienes en ella incurren, en una especie de desierto carente de riqueza cromática. El testimonio se vuelve, entonces, un cuerpo rugoso, agrio, amarillento. Se reduce a un adefesio apenas bien intencionado. Es por ello que el crítico literario Charles Moeller sostenía, tajante, que ninguna “literatura edificante” llega a ser artísticamente buena.
William Amaro se vale de sus poderosos recursos para escapar indemne ante semejante trampa, que adivina tendida. La palabra, en sus manos, es una herramienta plena de formalidad y, a una misma vez, cargada de reverdecido garbo. Hay una admirable madurez en su distintivo estilo de narrar y exponer. En todo momento, se percibe en sus susurros, en esa cercanía cómplice que establece con el público, que en su caso debe ser legión, una intención de decir, de advertir, de aclarar. Cuando prorrumpe en grito, enseguida se reparará en la serena angustia de un alma comprometida con la suerte de sus semejantes, de todos los compañeros en esta barca en la que vamos transitando, y dando tumbos, quién sabe hacia dónde.
“Las convicciones no pueden ir en contra de los valores morales y espirituales”, recordamos haber leído hace algún tiempo en uno de sus artículos. Argumentaba que a nadie le asiste el derecho de usar la lógica propia, es decir, sus intereses, sus cálculos oportunistas, en la intención de “justificar convicciones que traen muerte”. Era una forma suya de condenar la tendencia a un pragmatismo que le asigna primacía al provecho particular, así se trate de hacer negocios por encima de la sangre derramada y de las tumbas, de quienes van cayendo, por aquí, por allá, en defensa de las libertades públicas. ¿No vemos repetirse, hasta el mismo hastío, una trágica secuencia de tales episodios, en estos tormentosos tiempos que nos ha tocado vivir, o padecer, mejor?
Una prosa limpia y bien tratada le transmite un creciente valor a las entregas literarias de William Amaro. De manera que a las densidades del contenido, usted deberá agregar los méritos de una estructura con brillantes acabados. Es la feliz conjunción del qué y del cómo. La profundidad y la exquisitez. Leche y miel, si quisiéramos decirlo en los términos bíblicos.
Este cronista, que moraliza sin estériles santurronerías, reúne ahora en este libro buena parte de sus inquietudes, proyectadas hacia una posteridad que deberá examinarle con justicia. Enfrentado cada semana al terrible desafío de la hoja en blanco (o de la pantalla de computadora vacía, si actualizamos las figuras), es dable advertir, a salvo, desde el cómodo plano del lector, que la suya es una batalla ganada. Desde aquí, colocados de pie, celebramos su iniciativa de compilar una idea que no deberá seguir dispersa. Leamos, pues. Aunque suene a rapto egoísta y eso desentone con su tono incorrupto de escribir, procedamos sin más dilación a darnos ese humano placer.
José Ángel Ocanto

jueves, 11 de octubre de 2007

Bogotá, intensa y sobria

Foto: JAO
La ciudad ha sufrido en las últimas décadas una transformación admirable. La vista panorámica es desde el cerro de Monserrate

Foto: JAO
Las aldabas de las casas de La Candelaria hablan de un pasado cuyos ecos no dejan de sentirse nítidos en sus angostas callejuelas siempre húmedas

Foto: JAO
¿No le provoca disfrutar de este ambiente sin tener que alejarse de casa o sitio de trabajo? En el Parque Metropolitano Simón Bolívar pasamos toda una mañana, ajenos, dentro de la ciudad, a toda su tensión, sus ruidos y vapores

Foto: JAO
Bogotá es una urbe amable

Foto: JAO
Calle de La Candelaria, en donde nació Bogotá. Área exquisitamente recoleta, bohemia. Su trazado urbanístico fue elogiado por el célebre arquitecto, urbanista y pintor suizo-francés Le Corbusier

Foto: JAO
Botero, presente en el Parque Renacimiento, con su Hombre a Caballo


La cultura y buen talante del bogotano, del viejo y del joven, es una media constante que se palpa por doquiera. En el hotel, en el taxi, en el centro comercial, en el café, en la calle


Parodiando a Humboldt, quien dijo que el grado de civilización de un pueblo se mide por la forma en que trata a los animales, no es descabellado plantear que la calidad de vida de las ciudades de hoy, en estos tiempos de estrépito, es posible definirla por la extensión y cuido de sus parques.
Veamos. El Central Park de Nueva York abarca 341 hectáreas (4 kilómetros de largo y 800 metros de ancho). El Retiro, de Madrid, 120 hectáreas. El Hyde Park, de Londres, 140 hectáreas.
Con sus 380 hectáreas, el Parque Metropolitano Simón Bolívar le concede a Bogotá el rango de una metrópolis en donde la modernidad y sus inevitables dentelladas no han logrado borrar el lado amable de la vida en ciudad. Es una prueba palpable de que progreso y armonía no son excluyentes, como suele creerse. El avance no tiene que ser sinónimo de hostilidad, de agresión.
Aunque no cobran un solo peso para entrar, no hay excusa alguna para la indolencia en todo aquel ambiente verde y relajado. De hecho, el cuidado permanente es uno de los signos que saltan a la vista del visitante menos observador.
Allí pasamos toda una mañana, ajenos, dentro de la ciudad, a toda su tensión, sus ruidos y vapores. Vimos a familias enteras disponer tapetes sobre la grama, y hasta carpas, para disfrutar de las ociosidades de un domingo. La escena, se nos dijo, se repite cualquier día. Atendían a los pequeños, correteaban con las mascotas, jugaban fútbol, o bien hacían uso de las ciclovías, de las pistas de trote, oteaban la urbe desde la terraza-mirador, o pedaleaban sobre los botes en el lago, de once hectáreas.
Aunque jurídicamente este hermoso parque nació en 1979, para la celebración, cuatro años más tarde, de los 200 años del natalicio del Libertador, su historia se remonta a 1968, cuando el Papa Pablo VI celebró en este lugar una recordada misa campal. En 1986, Juan Pablo II lo escogió, también, para la celebración de un multitudinario acto litúrgico.
Aquí está la huella imperecedera que en Bogotá ha dejado la acción de alcaldes emprendedores, futuristas, como es el caso indiscutible de Jorge Gaitán Cortés y Virgilio Barco Vargas.
La ciudad ha sufrido en las últimas décadas los poderosos efectos de una transformación admirable, fundamental. Si usted la visitó hace diez años, le costará un mundo reconocerla.
Es fácil olvidar que se está en una urbe consideraba peligrosa, en guerra desde hace medio siglo con la insurgencia, cuando uno se desplaza por el centro histórico, el acogedor Parque de la 93, con sus anchas aceras bordeadas de cafés y restaurantes al aire libre, en la inquieta Zona Rosa, con sus discotecas y casinos, o en el Barrio La Macarena, pongamos por ejemplo.
La vigilancia militar y policial, eso sí, se siente, densa, invariable. Pero se trata de una presencia no invasiva. A objeto de probar el grado de urbanidad de estos funcionarios, los abordamos en más de una ocasión, preguntándoles cualquier ocurrencia. La respuesta que siempre obtuvimos fue respetuosa.
La cultura y buen talante del bogotano, del viejo y del joven, es una media constante que se palpa por doquiera. En el hotel, en el taxi, en el centro comercial, en el café, en la calle.
-Qué pena con usted –es una frase a flor de labios. Es su manera de mostrarle una educada disculpa, que puede brotar por la causa más insignificante, o imprecisa.
Los buenos modales también se manifiestan al conducir. El bogotano, por lo general, no se transforma en bestia cuando se coloca frente al volante. Viéndolos manejar, pudimos comprobar que ceder el paso no rebaja en importancia o jerarquía, a nadie.
Caminar, bajo un cielo con la debilidad de prorrumpir en lluvia no importa en qué momento, es inmensamente grato en las aceras amplias, ordenadas y pulcras de Bogotá.
¿Vendedores informales? Los vimos, en puestos señalizados, que no entorpecían al peatón.
¿Vallas con propaganda oficial? En este momento me percato de que no vi ninguna. Por ningún lado la foto del alcalde, ni la del Presidente. Un pendón de regular tamaño nos llamó la atención en las cercanías del Parque Renacimiento: hacía alusión a que Bogotá es Capital Mundial del Libro 2007 (imposible evitar un profundo suspiro, por la obligada comparación que hacíamos con la violencia que padecemos en los espacios de Barquisimeto).
En efecto, las librerías son un manantial inagotable, actual, memorioso, eterno. Hundirse, o dejarse arrastrar por los profundos llamados de esos templos de papel que son sus pródigas estanterías, es una de las delicias más grandes que usted puede saborear en esta esplendorosa sabana una vez bautizada como la Atenas suramericana.
Bogotá es, pues, una capital intensa, llamativa, sobria, ilustrada, afable.
Visitarla, o, mejor, vivirla, es un regalo.

¿A dónde ir?

En Bogotá, no deje de visitar el Museo de Arte Moderno, con sus 5.000 metros de colección de obras, tanto de arte moderno como contemporáneo. Allí puede ver usted creaciones de Alejandro Obregón, Enrique Grau y Manuel Hernández.
Está ubicado en la calle 24, frente al Museo de Oro, otro sitio obligado. Posee 50.000 piezas arqueológicas de oro y otros metales preciosos, pertenecientes a las distintas culturas del país: quimbaya, calima, tairona.
Tampoco deje fuera de su agenda el Teatro municipal Jorge Eliécer Gaitán, en la carrera 7. Es la sala más grande de la capital, con 1.750 sillas y amplios espacios del Art-deco.
Igualmente recomendamos el Teatro Cristóbal Colón, una joya del arte barroco declarada Monumento Nacional.
El Museo Nacional fue fundado en 1823 por Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander. Allí puede apreciar obras que sintetizan la historia de la ciudad.
Otros sitios: el Museo de Artes y Tradiciones Populares. El Museo Militar. La Casa de la Moneda. El Museo Botero.
Pero no deje de caminar por la Zona Rosa. Recorra, de punta a punta, a pie, La Candelaria, Patrimonio Nacional, con sus hermosas callejuelas, cada una con nombre propio.
Para un venezolano es imperdonable olvidar una visita a la plaza de Bolívar, en cuyo alrededor están la Catedral Primada, la Alcaldía, el Palacio de Justicia.
¿Centros comerciales?: Unicentro, en la calle 127 con carrera 15. Es el más grande y moderno del país. El Atlantis Plaza. El Andino, en la Zona Rosa, es espectacular. Muy cerca, El Retiro, mucho más sofisticado.

No olvide comer ajiaco

En Bogotá usted no puede dejar de comer el ajiaco santafereño. Exquisito. Insuperable.
Pruébelo, eso sí, temprano en la tarde. Es algo fuerte, al menos para estómagos no habituados.
Es una sopa hecha de en base a papa pastusa, pollo, mazorca y las indispensables guascas.
¿Qué es la guasca?, preguntará alguien. Se trata de una hierba colombiana que usa fresca o seca y molida. Las papas criollas son pequeñas, de piel amarilla.
La sopa la acompañan con aguacate, arroz, alcaparras y crema de leche.
Después de un ajiaco (460 calorías por porción), salga a caminar. Si es por el hermoso Parque de la 93, mejor aún.
Ahora, por nada del mundo usted se puede quedar sin degustar algún plato típico en Casa Vieja.

domingo, 7 de octubre de 2007

La Quinta de Bolívar, en Bogotá

Foto: JAO
El comedor, que debió lucir majestuoso en aquella época y aún impresiona, fue mandado a construir por el vicepresidente Francisco de Paula Santander. “Colocado entre dos jardines y con grandes ventanas rasgadas, era elegante en forma de una elipse disimulada; tenía pintadas al fresco las cuatro estaciones y otras figuras alegóricas"

Foto: JAO
Este pozo de la huerta fue descubierto durante los trabajos de restauración. Allí se encontraron algunos fragmentos de lozas que correspondieron a la época en que la familia de Diego Uribe habitara la quinta, en las últimas décadas del siglo XIX

Foto: JAO
Exquisitos detalles de la decoración

Foto: JAO
Se cree que el Libertador hizo los planos del Mirador y baño de asiento. Una especie de jacuzzi, donde podía asearse hasta dos veces diarias con las frías aguas de la quebrada de San Bruno y del río San Francisco. Desde allí tenía una vista privilegiada de la ciudad. Charles Stuart Cochrane, un capitán de la Marina Inglesa, escribió tras visitar la Quinta en 1823: “(...) Ahora se construye sobre una loma una pequeña casa veraniega al estilo chino, con base en un plano dibujado por el mismo Libertador. Hay en el jardín un lugar para bañarse, del que mucha gente hace buen uso ya que esta comodidad falta en Bogotá (...)”

Foto: JAO
Este es el Salón de Manuelita. Ella llegó a la Quinta en 1828, cuando Bolívar se enfrentaba a las adversidades de la fracasada Convención de Ocaña. La presencia de la “amable loca” le imprimió a la quinta un ambiente festivo y resuelto, bien propio de su carácter. “Apenas basta una inmensa distancia. Te veo, aunque lejos de ti. Ven, ven, ven luego. Tuyo de alma”. Bolívar

Foto: JAO
Hasta 1820 la quinta perteneció a la familia Portocarrero. El 16 de junio de ese año fue regalada a Bolívar, por el gobierno neogranadino, en reconocimiento a sus servicios prestados a la causa de la Independencia. El Libertador la dejó a principios de 1830, el mismo año de su muerte. Desde entonces la casona tuvo diversos usos: colegio, curtiembre, fábrica de cerveza, casa de familia, razón por la cual sufrió muchas modificaciones

Foto: JAO
Foto: JAO

La cama del Libertador (alto 153 cm. Largo 190 cm. Ancho 130 cm.) Se estima que le fue obsequiada por un inglés de apellido Powell y que en ella descansaba la noche en que fue objeto del atentado septembrino, en el Palacio de San Carlos, entonces sede del gobierno. Muchas piezas ahora presentes en la Quinta estuvieron antes en ese Palacio

Esta vez vinimos a completar una visita que había quedado trunca en noviembre de 1998.
Ese año estaban concluyendo los minuciosos trabajos de restauración de la Quinta de Bolívar, avenida Jiménez con carrera 2ª este, en las cercanías de Monserrate, en Bogotá, y no se permitía el acceso del público.
Bastó, en aquella ocasión, que le dijéramos a uno de los guardianes de la reverenciada mansión que éramos venezolanos, para que abrieran de par en par el portón principal, y nos permitieran recorrer sus espacios. Entonces apenas pudimos fisgonear desde lejos el interior y tomar un par de fotografías.
Ahora era totalmente distinto. La quinta lucía hermosa, radiante, digna de recibir en sus preciosas estancias al hombre ilustre que una vez la habitó, al caraqueño y americano de tez morena, rostro entre alargado y ovalado, ojos negros, grandes, vivos y penetrantes, y quien no debió medir, según Ducoudray, más de cinco pies y cuatro pulgadas, algo así como un metro con sesenta centímetros.
Se sabe que Simón Bolívar, ¿de quién más podíamos estar hablando?, vivió en esta quinta exactamente 423 días, no consecutivos, como es de suponer en alguien que llevó una vida tan intensa como peregrina, tras su quijotesco sueño de liberar a la América, designio que, dijo, y probó, amaba más que a su propia gloria.
Fue, ésta, la casa que, en su vida adulta, el Libertador ocupó por un mayor tiempo. Esto, por supuesto, le confiere una relevancia especial al lugar. Además, es la última casona que sobrevive entre todas las que rodeaban a la colonial urbe, desde la época de la Independencia.
En 1800, don José Antonio Portocarrero, contador principal de la Renta de Tabaco de Santafé, compró por 120 pesos un predio en el sitio llamado La Toma de la Aduana, y sobre él levantó una quinta campestre. Cada detalle debió haberlo dispuesto con esmero y particular delicadeza, pues su objetivo no era otro que el de agasajar en ella al virrey Antonio Amar y Borbón, su amigo, en la fausta ocasión del cumpleaños de su esposa, la virreina Francisca Villanova.
Así que de casa concebida para honrar a quien gobernaría el Virreinato de Nueva Granada entre 1803 y 1810 y debió, por cierto, afrontar la caída del dominio español en el territorio bajo su mando, aquellos magníficos aposentos pasaron a acoger al genio llamado a romper las cadenas de la opresión de tres siglos.
De la mano de un joven guía y sus memorizados datos, fuimos recorriendo, con fruición, cada palmo de la quinta. A cada paso era imposible deshacerse de una presencia informe, acuciante, devota. Saber que Bolívar debió haber estado por allí, que caminó por esos pasillos lustrosos, quien sabe si apesadumbrado o jubiloso, y durmió en ese lecho, se bañó en esa especie de jacuzzi dispuesto en aquel insuperable mirador surtido por las frías corrientes de la quebrada de San Bruno y del río San Francisco. Aquí el imponente comedor, donde aún es posible percibir el sereno eco del ruido de las finas escudillas y de las risas deliberadamente apagadas para que sobresalga la fina pero imperioso voz del héroe. Y el Gran Salón, que guarda intacto los estallidos de júbilo por las victorias militares del dueño de casa. Y el Salón de Manuelita, romántico rincón. La despensa, la cocina, como lista para brindar las arepas de maíz que el señor prefiere al mejor pan. Y el cuarto, muy cercano a la habitación principal, que fuera del esclavo liberto José Palacios, fiel mayordomo que lo acompañó hasta su muerte en Santa Marta y presenció asimismo la repatriación a Caracas de los restos del alfarero de repúblicas, en 1842.
La Quinta de Bolívar es Monumento Nacional. Así fue decretada en 1975, justo un mes después de que el grupo guerrillero M-19 incursionara en ella y la violara, para extraer la espada empuñada por el Libertador. Una espada que si bien camina ahora mismo por América Latina, es para alertarnos que “no hay libertad legítima sino cuando ésta se dirige a honrar la humanidad y a perfeccionarle su suerte”.
Visitar la Quinta de Bolívar, es sin duda una experiencia obligante, y gratificante, para todo venezolano.


De Manuelita

“.... De que me vieron me agarraron y me preguntaron: “¿Dónde está Bolívar?”: les dije que en el Consejo, que fue lo primero que se me ocurrió; registraron la primera pieza con formalidad, pasando a la segunda y viendo la ventana abierta, exclamaban, “¡huyó, se ha salvado!”. Yo les decía: “No señores, no ha huido, está en el Consejo”; y “¿por qué está abierta la ventana?”, “Yo la acabo de abrir porque deseaba saber qué ruido había”. Unos me creían y otros se pasaron al otro cuarto, tocando la cama caliente y más se desconsolaron, por más que yo les decía que estaba acostada esperando que saliese del Consejo para darle un baño...”
Memoria de la conspiración escrita por Manuela Sáenz al general O’Leary en septiembre de 1850

Testimonio

“Estaba rodeada la casa de bellos jardines y de árboles corpulentos (de los cuales quedan hoy algunos, tales como un gran nogal y varios lozanos alcaparros, mortiños, cerezos, pinos, todos, sin duda, del tiempo de Bolívar) y a su sombra había, artificiosamente dispuestas, galerías cubiertas de enredaderas, cenadores y rutas caprichosas; bañada, por doquiera, por abundantes y puras aguas, en fuentes y surtidores de mármol”.
Escritor José Caicedo Rojas, quien sirvió de amanuense del Libertador durante su permanencia en la Quinta


Refugio después del atentado

La restauración integral de la casona se cumplió entre 1992 y 1998, hasta el punto de recuperar las características arquitectónicas que, probablemente, conociera el Libertador. Aquí se refugió Bolívar después del atentado del 25 de septiembre de 1828. También aquí fue firmada la negativa a conmutar la pena de muerte de los conjurados por ese mismo suceso

Dos ocasiones de gloria

En 1821 Bolívar ocupó la quinta por primera vez. Ese año disfrutó en ella dos ocasiones ligadas al apogeo de su gloria. Una fue en enero, antes de partir a la campaña definitiva de la Independencia de Venezuela. Luego, en octubre, antes de acometer la Campaña Libertadora del Sur. Un pariente suyo vivió en la casona durante su ausencia, dejándola en un deplorable estado. En agosto de 1826, tres meses antes de que Bolívar hiciera entrada a Bogotá de regreso del Perú, Santander le escribió: “Hice emplear muchos pesos en componer la Quinta que dejó Anacleto arruinada, y aunque no quedará de gran lujo, quedará de gusto y mejor que nunca”


domingo, 30 de septiembre de 2007

Jaime Bayly entrevista al "messsmo"

Reelección continua, ¿como en Europa?

Cuando Evo Morales asumió el poder, en Bolivia, el domingo 22 de enero de 2006, una docena de gobernantes acudió a presenciar aquel acto potencialmente pintoresco.
El aimara de cabellera lacia y nariz aguileña que juraba ante el Congreso de La Paz era, en una nación poblada por un considerable 62 por ciento de indígenas, el primer representante de etnias largamente desheredadas, que llegaba a la Presidencia, en toda su historia, y ese detallazo sin duda le imprimía una solemne curiosidad casi mítica, y un fabuloso simbolismo de floración cultural, a la ceremonia.
"Jamás nos reconocieron como seres humanos siendo dueños absolutos de esta noble tierra", no dejaría de quejarse con explicable amargura el campesino cocalero, investido de mando en ese acto, y quien, sin embargo, como para matizar dramatismos, advertía que "tampoco estamos para seguir llorando, durante otros 500 años", en directa alusión a la colonización española.
A Evo lo oían, con indeterminada atención, Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil; Néstor Kirchner, de Argentina; Ricardo Lagos, de Chile; Felipe de Borbón y Grecia, Príncipe de Asturias; Hugo Chávez, de Venezuela. Fidel Castro ya no estaba presentable y no acudió. La lista podía seguir, pongamos por caso, con el presidente de Eslovenia, Janez Drnovsek.
Ocurre que la boscosa Eslovenia ha sido escogida por estos días como una de las excusas de Chávez para justificar su candidatura a la perpetuidad. También allí existe la reelección presidencial continua, ha dicho. Como en Alemania, Francia, Italia, Portugal, Letonia, Grecia.
Es decir, argumenta el demagogo, si en todos esos países de la culta y vieja Europa un Presidente puede presentarse otra vez, y otra, para un nuevo período, es porque ese método es bueno, es acertado, y entonces no hay razón alguna para criticarlo a él si lo aplica aquí, cuando él es el Presidente. En diez países europeos, precisó, la reelección es ilimitada. Aparte, en esos mundos plenos de logros y avances tecnológicos impresionantes, hay seis monarquías hereditarias.
Dicho así, en blanco y negro, suena coherente. Embauca, marea a no pocos, y esa es precisamente la idea. Pero la mentira, ya se sabe, tiene alas cortas. Veamos.
Apenas unas horas después de ese luminoso hallazgo, Chávez accedió, en su espacio Aló, Presidente, a ser interrogado por los periodistas. Por supuesto, a los venezolanos se les aplicó aquel ácido del derecho de admisión. Sólo pudieron entrar al salón los corresponsales extranjeros. Otra noble costumbre europea, seguramente.
Entonces un reportero le aclaró, en un penoso español, que en las naciones que él cita existe un régimen parlamentario. Hay un parlamento fuerte, que no está pintado en la pared. Eso bastó. Chávez, no acostumbrado a esos menesteres de que lo contradigan, estalló en ira y dijo que Europa era "la reina del cinismo", sin aclarar por qué pretende, entonces, imitar sus libertinos vicios electorales, en lugar de evitarlos.
Lo que le pasó al presidente eslavo, Drnovsek, tras asistir a la toma de posesión de Evo Morales, puede graficarnos con cierta gracia la inmensa diferencia que existe entre ser Presidente de un país europeo, o mandamás de la naciente capital del socialismo del siglo XXI. (Reto al lector a que concluya esta anécdota sin esbozar una irritada sonrisa).
Con un ingreso per cápita superior al de Portugal y Grecia, Eslovenia posee importantes reservas de petróleo, carbón y zinc. 20 por ciento de las medicinas genéricas que circulan por el mundo se producen en las muy activas droguerías del país que preside, desde 2003, el señor Drnovsek. También, desde esa república de la Europa Central, exportan automóviles, aparatos ópticos, equipos deportivos.
No valió que Drnovsek se deshiciera explicándole a sus gobernados la importancia de haber viajado a Bolivia. La agencia eslovena de noticias STA repetía sus desesperados boletines, que buscaban hacer frente a las pesadas burlas, por ejemplo, de quienes querían saber si había masticado coca. El Presidente insistía en que debía entenderse que él había asistido a "un acontecimiento histórico". Muchos, agregaba, "conocieron al presidente de Eslovenia, país de cuya existencia antes ni habían oído".
La presión de la opinión pública prevaleció. Drnovsek tuvo que aceptar que a causa de varios viajes imprevistos, como el de Bolivia, había incurrido en gastos innecesarios, que ningún provecho práctico parecían asegurarle a la nación. Por ese motivo el Primer Ministro, que es el Jefe de gobierno, electo por el parlamento, no le autorizó otras giras que tenía pendiente hacer, esta vez a España, y a las Naciones Unidas. No dispondría, en castigo, de más recursos para su ociosa viajadera, durante la cual, seguramente, descuidaba asuntos nacionales de interés.
Y en lugar de desafiar, amenazar con rabiosa intemperancia y denunciar conspiraciones, en abusivas cadenas de radio y televisión, el pobre Drnovsek fue visto una mañana anunciándole al país que se disponía a desplazarse hasta España, por tierra.
Vamos a ver, ¿no tienen razón Evo, y Fidel, y Correa, y Ortega, y Kirchner, a la hora de preferir al buen caballo que ha probado ser Chávez? Mientras el Presidente de Eslovenia seguramente no podrá volver en lo que resta de su período, sólo para la asistencia a las fuerzas armadas bolivianas han salido desde aquí, de Venezuela, 30 millones de dólares, y ¿qué ha pasado? Militares venezolanos, que en estas tierras apenas construyen centrales azucareros transparentes (no por las buenas cuentas que rinden, sino porque nadie los ve), allá con admirable diligencia levantan cuarteles, trazan caminos, reproducen casas dignas, reparan y pintan escuelas, diseñan gasoductos. A Chávez se le ocurrió que industrializaran el gas con fondos de Venezuela. Puede estar tranquilo el hermano Evo porque le comprará toda la producción anual de coca, unas 4.000 toneladas de la hoja, con fines medicinales y para la preparación de infusiones. ¡Qué importa la ruina, ya sentenciada, de nuestros productores de café, en Sanare, pongamos por caso! Adicionalmente Venezuela cubrirá los costos de la instalación de dos plantas de procesamiento de coca, en los valles cordilleranos y en las zonas de los Yungas. La "inversión", Pdvsa mediante, anote Ramírez, ha sido estimada en un millón de dólares. Hasta se ha cuidado el detalle de donarles cuatro millones en moneda americana para dotar de patrullas a los cuerpos policiales. "Estamos dispuestos a ayudar a Bolivia a controlar los asaltos en las carreteras, por medio de unidades cívico-militares", anunció en su programa un Chávez inconmovible ante los saldos rojos rojitos del hampa, cual parte de guerra, cada trágico fin de semana, en su propia patria. Y, otra vez, diga usted, ¿qué ha pasado? Además, ¿qué podría esperarse que ocurra con todo ese oleaje de pestilentes corruptelas en que se ha zambullido la “familia real” de Barinas, con una grosera opulencia que a ninguna contraloría impresiona? ¿Usted ha visto que intente sobrevenir algo por causa de la escalofriante denuncia del padre José Palmar, “chavista, pero honrado”, como él mismo se apresura a aclarar, según la cual los barcos que transportan petróleo venezolano son usados por el narcotráfico?
Ya podrá entenderse, claramente, que no es lo mismo un Presidente reelecto por el CNE venezolano, con la camarada Tibisay Lucena al frente, que un mandatario, con similar opción, en la "cínica Europa".
Una personalidad tan avasalladora como la de Winston Churchill, un gigante político tras la II Guerra de Mundial, aunque volvió a ser electo Primer Ministro del Reino Unido en 1951, perdió las elecciones de 1945 precisamente porque los británicos estimaban que había desatendido sus demandas de mejoras sociales.
En Grecia el Primer Ministro tambalea en estos instantes por el escándalo de los incendios forestales. En Francia, nada menos que el otro argumento de Chávez para sus planes de perpetuidad, el Consejo Constitucional, encargado de verificar la constitucionalidad de cada una de las leyes, y entre cuyos miembros no pueden figurar fichas destacadas de los partidos políticos, es un órgano con facultad plena para anular total o parcialmente los resultados de un referendo. Ese Consejo, por ejemplo, acaba de desautorizar la petición gubernamental de colocar una pulsera electrónica a todos quienes hayan sido condenados a más de cinco años de cárcel por crímenes sexuales, y ahora estén libres. Se calcula que pudieran llegar a un total de 600 ex presidiarios en esas condiciones.
"El respeto de la Constitución no es un riesgo, sino un deber", ha planteado Pierre Mazeaud, el presidente del Consejo Constitucional, sin ser llamado "plasta" por eso.
Si de copiar se trata, ¿por qué no calcar aquí, al menos algunos de los rasgos de Francia, el Mejor País del Mundo para Vivir, según la revista Living, 2007, por su alta calidad de vida, su infraestructura, su tecnología y su estable economía? ¿Por qué no tomar nota de un sistema electoral que garantiza una segunda vuelta, en caso de una ventaja precaria en la primera? ¿Por qué no reproducir las condiciones que impone la ley gala para aspirar a la Presidencia?: poseer la nacionalidad francesa, haber cumplido los 23 años de edad, ser presentado por, al menos 500 ciudadanos, y ostentar "dignidad moral".
Francia es lo que es, aún cuando su Constitución actual, la de la Quinta República, data de 1958, aprobada vía referendo por el 80% de los votantes. Y en Alemania, otro de los países que Chávez tomó prestado para justificar su ambición de poder eterno, el sistema electoral está diseñado de tal forma que vuelve prácticamente imposible un gobierno monocolor. La norma impone la alianza de los partidos, fuerzas que se aseguran una posición clave, y determinante, en el aparato electoral. Nada de normas sorpresa a última hora. Nada de registros electorales misteriosos. ¿Cómo es posible que en Venezuela a estas alturas no se sepa cuántos votos sacaron, como suelen recitar, los mudos diputados y las mudas diputadas que, con sus recientes excepciones, levantan manos y a todo dicen amén, en la Asamblea Nacional? Perdone usted, pero ¿puede un diputado como el mayor Francisco Ameliach, sentirse representante de alguien, o de algo, luego de muestra tan lastimera de degradación, después de autoflagelarse frente a todos, incluyendo a su familia, a los pies del caudillo, y, lo que es peor, exhibiendo así un desprecio tan cruel por sí mismo y por la “institución” que integra?
Por todo esto, la reforma constitucional está montada sobre bases inmorales. El mandamás sabe que la única forma de endulzar el veneno de su ambición, era lanzando anzuelos como el de rebajar la jornada laboral. En casi todos los países que han ensayado esta fórmula la han tenido que revisar. La tendencia de la gente es a buscar un segundo trabajo, éste último casi siempre sin seguridad social, y todos acaban más ocupados y pobres que antes. ¿Qué hacer, entonces? Todo menos facilitar la infamia, adelantando atajos, trochas dudosas, como la de centrar la discusión en el abominable trapo rojo de si la democracia ha de ser acuchillada en bloque o por partes. Los estudiantes prometen sacudirnos de esta cobardona modorra. El doctor Hermann Escarrá, en nombre del Comando de la Resistencia, está llamando a "no cohonestar con un Golpe de Estado orgánico a la Constitución" e "impedir, con redes de protesta, la desaparición de la República".


Fujimori como espejo

Todo indica que no es hacia Eslovenia, Alemania, Francia, Italia o Portugal, donde debe apuntar Chávez. Su proyecto, desde un principio, si algún parangón tiene, es con el de Alberto Fujimori, en Perú.
Joaquim Ibarz describe que ambos, Chávez y Fujimori, "hacen redactar y aprobar constituciones que facilitan gobernar en forma autoritaria con apoyo militar. Uno tiene origen golpista y el otro dio un autogolpe; los dos acabaron con los partidos políticos tradicionales y sometieron a todas las instituciones del Estado, en especial al poder judicial, que pusieron a su servicio. Aunque prometieron acabar con la corrupción, ésta se institucionalizó al no existir ningún control. Si Fujimori estableció el régimen más corrupto en la historia del Perú, el propio Chávez dijo en la Asamblea Nacional: 'Estoy de la corrupción hasta la coronilla'".


"Si no hay comida cuando se tiene hambre, si no hay medicamentos cuando se está enfermo, si hay ignorancia y no se respetan los derechos elementales de las personas, la democracia es una cáscara vacía, aunque los ciudadanos voten y tengan Parlamento"
Nelson Mandela, Ushuaia, 1998

lunes, 3 de septiembre de 2007

Larense, ¿estás ahí?

A la memoria de la doctora Mirla Quiñones y al Comité de Víctimas, dedico

Trataba, anoche, de recordar cuándo fue la última oportunidad en que los larenses reaccionaron ante una indeseada decisión oficial.
No se trata, aclaro de una vez, del rechazo que algún grupo produce, aisladamente, frente a una medida que considera lesiva, inconveniente.
Me refiero a una voz que se vuelve denso coro, a un malestar capaz de ser declarado, y gritado, hasta cobrar forma de agitación y hacer retroceder al poder. ¿Cuándo fue esa última vez que pudo registrarse la reprobación resuelta, en causa común abrazada por los más diversos sectores sociales?: pobres, clase media, ricos, jóvenes, viejos, hombres, mujeres. Escuálidos, rojitos. En Barquisimeto, Cabudare, Carora, Quíbor, El Tocuyo.
La respuesta, inequívoca, me llegó con el asombro que acompaña a un asalto, causándome además una gran desolación.
Fue cuando el gobernador anunció su propósito de firmar un decreto que prohibía el papel ahumado en los carros.
A ningún partido se le ocurrió reclamar esa bandera. Nadie asomó siquiera la posibilidad de convocar a una marcha hasta la gobernación o la defensoría del pueblo. Habían desaparecido ya, en absoluto silencio, los puestos dedicados a la instalación del apetecido plástico que, a precios de atraco, devuelve privacidad, y algo de seguridad, a quienes se desplazan por calles por donde no se puede decir que se transita, sino que se sale ileso. Usted va al centro de la ciudad alguna noche y, con suerte, al regresar a casa en lugar del caduco “ya llegué”, como se decía en tiempos de la cuarta república, puede informar con la solemnidad del caso a los suyos: salí ileso.
Pues bien, alguna mañana los vehículos, igual los nuevos como los que andan porque ven a los demás, comenzaron a exhibir en sus vidrios traseros la leyenda unánime: “NO a la prohibición del papel ahumado”. “¡Reacciona!”. “Dile NO al abuso. Papel o insurrección popular”. Algún chistoso, que nunca falta aún en medio de tragedias tan desconcertantes como esta, agregaría lapidario en su cuidado Volkswagen, para seguir la corriente de otras consignas: “Papel ahumado somos todos”.
El decreto fue engavetado. El Consejo Legislativo, que lo aguardaba con el compromiso de abrir un intenso debate en su línea de parlamentarismo de calle, lamentó no recibir la pieza inspiradora del estropeado tumulto. La Fiscalía preparaba su infaltable promesa de llegar hasta el mismísimo acto conclusivo. (Es decir, hasta el mismo punto de claridad y justicia que ha arrojado sobre los crímenes de Danilo Anderson y el padre Jorge Piñango). La autoridad, humillada, no soportó la incontrolada embestida de semejante indignación ciudadana. ¿Ustedes se imaginan la quijotesca escena de toda una población, fúrica, puesta de pie, en la valiente defensa de su innegociable derecho a ocultarse tras el papel ahumado de sus autos?
No es chiste. Enseriémonos. Ocurre que en el mes de agosto en Lara fallecieron 34 personas en forma violenta. Nos damos el vergonzoso lujo de poseer la cárcel con mayor criminalidad no del país, sino de Latinoamérica. Se acaba de registrar, en este estado, la primera muerte de un humano por rabia, en más de 25 años. Somos ahora mismo líderes en dengue hemorrágico, con 712 casos registrados. Se han vuelto nefasta rutina los accidentes de tránsito en los que se ven involucrados autobuses, verdaderas guillotinas colectivas. Y, diga usted, ¿qué autoridad se ha dado por enterada? El Teatro Juares, la principal sala de espectáculos culturales de la urbe, lleva más de cinco años cerrado, exhibiendo, eso sí, en su marmórea fachada tantas veces alterada, un inmenso cartel rojo con los rostros de quienes dicen gobernar. ¿No les parece un brutal contrasentido hacerle propaganda a la desidia, a la falta absoluta de identificación con la ciudad y sus valores? ¿Poner los colores de la revolución y los rostros de sus próceres, precisamente donde no hay sino ausencia total de una obra digna? La avenida 20 acusa los devastadores efectos de un bombardeo político y real: la ya inocultable rivalidad entre el gobernador y el alcalde, tan cerca y tan lejos a la vez. Una hostilidad que, como reza el slogan, “se siente”. Los trabajos del nuevo terminal de pasajeros, Simón Bolívar lo bautizaron, pareciera haber perdido con estrépito la misma batalla. El tramo ferroviario Barquisimeto-Puerto Cabello, que se le dio hace varios meses en contrato a una empresa china, ahora ha sido traspasado, con el retraso consiguiente, a otra empresa, casualmente cubana. Lara, según se ha anunciado oficialmente, ha sido escogida como modelo en el adoctrinamiento de los niños, con todo y su siniestro biberón. El Valle del Turbio afronta una severa amenaza. Aparte de la tala indiscriminada y las aguas negras que allí caen, ese pulmón está siendo convertido en nuestras narices, a esta misma hora, en un descomunal vertedero de escombros. ¿La Unexpo lleva cuánto tiempo tomada por una bien pertrechada camarilla afecta al oficialismo? La Juventud Revolucionaria en Marcha acaba de echar a punta de pistola a un grupo de maestras de la escuela de artes y oficios Bolivia Tovar. ¿A qué instancia pudieran acudir estas ciudadanas, y ser escuchadas al menos? Se cae por sí solo el peregrino argumento de que se trata de “espacios ociosos”, ¡en época de vacaciones! Como si usted notara mucha actividad en las oficinas públicas a lo largo del año, ahora cuando todavía se laboran ocho horas diarias.
Ninguno de esos casos, diversos y turbadores, ha motivado siquiera una leve pinta en alguna distraída acera de Barquisimeto. Ningún graffiti hace referencia a esas desgracias cotidianas, que, por puro pudor, debieran paralizarnos. Salga y fíjese usted que sólo están pintadas las frases que proclaman: “con Chávez todo, sin Chávez plomo”. Las noticias divulgadas por los medios de comunicación social se estrellan, día a día, ¡y qué decir de un fin de semana!, contra los gruesos muros de una indiferencia irritante, umbría, melancólica. Intolerable, asfixiante. ¿Qué es lo que nos pasa? ¿Qué nos ha desmembrado como cuerpo social? Todos, sin distingos, hemos pasado por encima de esas amargas realidades, sustrayéndonos, esquivándolas, como hacemos cuando en la calle al caminar advertimos con maquinal repulsa el excremento de algún perro. Más importante era conservar, aquella vez, el papel ahumado en los vehículos. Es triste anotarlo, eso sí fue capaz de enardecernos, ameritó asumir la colectiva molestia de rayar los vidrios de los carros. ¿Por qué, entonces, adoptamos esta cobarde rigidez de estatuas y guardamos cómplice silencio, por ejemplo, frente a esa tribulación que llevó a la muerte, hace poco, a la ex jueza del municipio Jiménez, Mirla Quiñones?
Debió sufrir la monstruosidad del crimen, en la avenida Libertador, de su hijo Jacobo, un muchacho de 15 años que se desempeñaba como guardabosques, lo cual por sí solo dice mucho de su virtuosa formación, de sus aficiones, de su temprana sensibilidad. Ella acusó a funcionarios policiales y pudo probar que muchas de las evidencias del proceso habían sido adulteradas, para ocultar los claros rastros de una muerte a sangre fría. Intercambio de disparos, alegaron los funcionarios. Había sido una vulgar ejecución, repitió la madre hasta perder la voz, y el aliento, y de un solo golpe toda esperanza en que saldría a relucir la verdad, en el curso de una investigación tachonada de un sin fin de torceduras y depravaciones. Antes, ya a ella la habían extrañado del Poder Judicial. Luego una ensoberbecida prefecta quiso mostrar a los suyos el trofeo no sólo de su detención, a todas luces arbitraria, sino también los golpes y moretones que le fueran infligidos, junto a no pocos insultos, antes de lanzarla a las fauces transgresoras de una patrulla, como si se tratara de una peligrosa delincuente con riesgo inminente de evasión. ¿Su falta? Defender, como abogada que era, a unas humildes familias que habían invadido un terreno y deseaban formar una cooperativa. ¿Y desde cuando eso es delito, bajo estos tiempos de revolución? Ah, pero cuando la Juventud Revolucionaria en Marcha toma a la fuerza la escuela de artes y oficios, el gobernador abre la boca para decir: “Todo debe compartirse”.
La frágil humanidad de la doctora Quiñones no estaba hecha para soportar semejante sarta de salvajadas. Un accidente cerebrovascular (ACV) le sobrevino, a sus 45 años, cuando eran las 8:30 de la mañana de un domingo, unos días después de su ingreso en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Central Antonio María Pineda. Así le procuró la Providencia el descanso, el alivio que en vida no volvería a tener jamás.
Un hermano suyo, de nombre Miguel Ángel Quiñones, dio cuenta en declaraciones al periodista Reinaldo Gómez de cómo hasta lo último la adversidad le pisaba los talones. La doctora, que residía en el sector Sabana Grande, en la vía que conduce a Duaca, sintió unos fuertes dolores de cabeza y alta presión arterial, por lo que acudió a la medicatura de Tamaca. Allí, según el relato del hombre, “los médicos cubanos lo que hicieron fue prescribirle algunos analgésicos. No tuvieron ni siquiera la precaución de mandarle a hacer ni el más mínimo examen”.
¿Conservaremos esta rigidez de estatuas frente a la intención, ya oficializada, de arrasar con los vestigios de democracia, vale decir, de libertad, que aún están en pie?
Larense, ¿estás ahí? ¿Sientes algo? Ponte las manos en las sienes. ¿Percibes ese viscoso borbollón que es lenguaje de la sangre? ¿Nada tienes que decir? ¿Crees, en verdad, que ser pacíficos es sinónimo de sumisos? No se trata, de ningún modo, de asumir la violencia, sino, como exponía Gandhi con desgarro de moralidad, “no cooperar con el mal”.
Está en marcha una reforma constitucional con absoluto desprecio de la opinión de los venezolanos. En tres meses deberá ser aprobada, con la señal de costumbre, en este caso la de la obediencia ciega. Rápido, y sin quitarle una coma, ordenó quien se coloca, en la historia venezolana, del lado de los únicos tres gobernantes que han manipulado la Constitución con ese mismo propósito de perpetuidad: José Tadeo Monagas, Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez. ¡Qué compañía, qué elenco! Fidel Castro, quien en nombre de todos los cubanos escogió a su hermano Raúl para sucederle, ya traslúcido, apestoso a los azufres memoriales, trocado como le tocaba hace rato en tardío fantasma, supo, mucho antes que nosotros, de cada uno de los 33 artículos que nos cambiarán a nuestro país, a su sistema político, a la división de su territorio, porque, entre los embelesos y suspiros de un peregrinar constante a su lecho de muerte, su pupilo supo tomar esmerada nota de los enunciados, acompañando cada apunte desvelado con la babosa exclamación de que “Fidel nunca morirá”. ¿Qué clase de soberanía es ésta, que nos han traído como un enlatado prehistórico?
Detrás del inmoral caramelito de rebajar a seis horas la jornada laboral (¿harán una fiesta por eso tantos desempleados, los millones de informales, todos los que no dependen de un patrón?), está la propuesta usurpadora de implantar el socialismo, la impúdica ambición de alargar el período presidencial a siete años, como en ningún otro país de Latinoamérica, y aprobar la reelección continua (automática, blindada, previsible, a los ojos del CNE de Tibisay Lucena, ahora, y de Jorge Rodríguez, antes). Sólo el amo saldrá ganando. En un país arruinado, moral y económicamente, porque ningún chorro petrolero podrá cubrir tal despilfarro, será el rey con potestad para decretar regiones militares a su antojo, y colocar, ahora sí legalmente, sin que ninguna institución haga contrapeso, todos los poderes bajo su bota. ¡Todos!
En cambio nosotros no seremos dueños ni de nuestras casas. Vaya usted a saber cómo quedan los términos de la propiedad en una “economía socialista”. El artículo 115 de la reforma elimina lo establecido en la Constitución de 1999, en cuanto al “goce, disfrute y disposición de los bienes”. Todo podrá ser expropiado, desconocido, redistribuido. El artículo 113 borra la garantía, que ahora nos ampara, de “libertad de trabajo, empresa, comercio e industria”. También se tacha la obligación que reconoce actualmente el Estado, aunque no lo cumple, de promover la iniciativa privada y garantizar la justa distribución de la riqueza.
Pero lo más grave es que esa confiscación toca también nuestras conciencias. Una noche nos acostaremos en democracia, y cuando despertemos habremos vendido el alma.
Larense, ¿estás ahí?

sábado, 18 de agosto de 2007

Por la puerta del sol

De campanas a campanas… Autora: Amanda Victoria
EL IMPULSO 11/08/2007

Se dice que la época de la invención de las campanas se remonta a quince siglos antes de Cristo y que fueron utilizadas primero como adorno en la investidura de los sacerdotes hebreos. Los chinos dicen que los primeros misioneros que llegaron allí confirmaron que ellos poseían campanas de todos los tamaños desde el año 2.200 A.C.
En la época de los emperadores al son de campanas se anunciaba la apertura de los baños y también se contestaban los oráculos. Se divulgaba el paso de los criminales lanzándolas al viento cuando los llevaban al suplicio, también se utilizaron grandemente para anunciar los eclipses del sol.
No es posible decir la época exacta en que se empezaron a usar en los templos cristianos, sin embargo aseguran que fue San Paulino de Nola el primero que introdujo las campanas en el mundo cristiano, de allí nació la primera expresión de: nolanas las campanas.
Desde que los cristianos pudieron libremente reunirse emplearon distintas maneras para convocar a los devotos con trompetas, con matracas, tablas o láminas metálicas que golpeaban con un martillo y en algunas tan solo al canto del Aleluya. Casi todos estos medios han sido relegados al olvido y sustituidos por las campanas.
En Francia fueron creadas en el siglo VII (D.C.), en Oriente empezaron a usarse en el año 871, en Inglaterra en 960 y en 1002 en Suiza. En España no se adoptaron hasta el reinado de Alfonso el Casto. Por su parte la Edad Media mostró unas campanas muy reducidas. Ya para el siglo XVI las campanas empezaron a hacerse de grandes dimensiones como las de Toledo.
Las campanas son símbolo del predicador y su rudeza representa la inflexibilidad y el valor del encargado de enseñar el Antiguo y Nuevo Testamento. Anteriormente se consideraba que un sacerdote sin sabiduría era como campana sin badajo, porque no sonaba, no era convincente su mensaje ni lo oían. Hoy curiosamente también existen estos sacerdotes o pastores que instruyen, pero no forman.
En tiempo de Carlo Magno se bendecían las campanas, pero fue realmente en la época de Juan XXII cuando se consideraron de enorme importancia y las bendecían con solemnidad, cantando Salmos, implorando el auxilio de Dios y ensalzándole. Las lavaban con agua bendita, las ungían con el crisma, las perfumaban con incienso y mirra y se rezaban oraciones relativas al caso.
En época de inundaciones o incendio se siguen usando para demandar auxilio.
El uso social de las campanas, aparte del religioso es casi universal y bien antiguo. Se usa en algunas fábricas para llamar a sus obreros u operarios, señala las horas de descanso, igual sucede en algunos colegios. Los bomberos las utilizan para abrirse paso hacia la emergencia presentada. En algunas partes en los ferrocarriles se utilizan todavía como señal acústica para que los jefes de estación den la orden de partida de los trenes, también en las locomotoras antiguas las usan para anunciar la llegada o para prevenir, en el mar en ciertas boyas se las pone para que con su continuo repique avisen el peligro, en los barcos las llevan para hacer señales y también se las ha empleado en ciertas costas con el mismo fin.
El resto ha venido por añadidura. En lo personal me encantaría un día poder escuchar el sonido de la campana cilíndrica soñada para su catedral de la Sagrada Familia por genio de la arquitectura don Antonio Gaudí, que, buscando un estilo propio, convirtió su sueño en una obra como la más hermosa del mundo, inspirada totalmente en el amor a Dios, la naturaleza y el hombre.
El sol que despereza sus albores en diciembre parece que prolongara sus altares cuando en el sueño de los cielos se despierta con el propalar de las campanas la navidad, como si el mundo renaciera de nuevo para borrar huellas de pavor, de odio, de cansancios, necesidades espirituales y amarguras, escuchándolas con increíble emoción divina.
Hay las que suenan belicosas como las del boxeo, para que el hombre muestre (mientras otros gozan) su condición de bestia tratando de destruir a su contendor para erigirse triunfador.
Perdida entre tanto terror la calma, la delicia de la vida y desolada el alma, se elevó la razón (en este caos) de un hombre que creó su página "Campana en el desierto" , haciéndola sonar como nota de su lira colosal, logrando con su repique mostrar los trapos sucios de la realidad, los disfraces de la libertad y la anarquía. La multitud que no esperaba hallar una esfera luminosa encontró bálsamo a sus dolores en la página que la inteligencia y la pluma de oro de José Ángel Ocanto creó e hizo sonar con pulcritud en el momento oportuno, cuando las bases de la vida se rompieron enfermando gravemente; pluma que entendiendo los sufrimiento decidió que no se puede callar ni aguantar el oprobio sumergido en un rincón, lamentándose. Es el hombre cuya inteligencia vuela a inconcebible altura sobre el tema de la conversación, íntegro, de espíritu cooperador, sensible, humano y seguro, que busca rescatar los pedazos del roto estandarte de la vida, quemada por el sol de las pasiones y que llama con su "Campana en el desierto" a la reflexión de todos y al alma anochecida y pesimista a elaborar enormes alboradas de fe y de constancia en la lucha por la libertad, el más bello y precioso don que el cielo otorgara al espíritu y vida del hombre.

jueves, 9 de agosto de 2007

Presidente, no me fusile

Entrevista al general (Ej.) Delfín Rafael Gómez Parra, preso por el caso Caaez

“Me han tomado como bandera en un caso emblemático de corrupción, para decirle al país: miren, aquí tenemos a un gran corrupto preso”

El miércoles 5 de enero de 2005, el general de Brigada (Ej.) Delfín Rafael Gómez Parra, decide dirigirle un oficio al presidente Hugo Chávez Frías.

Es un escrito breve, conciso, de apenas cuatro páginas y dos líneas.

Lo hace en términos lo más respetuoso que puede, pero aún así, y, sin ocultar la inmensa presión que siente, se cuida de no echar mano a frases rebuscadas. La palabra revolución, por ejemplo, no aparece por ningún lado. No hay en sus líneas una queja, aunque sintiera que el mundo se le venía encima, ni un halago oportunista hacia el comandante, pese a que, lo sabía bien, tenerlo de su lado habría significado su definitiva salvación, en momentos en que muchos en su entorno se concertaban para hundirlo, o triturarlo, quizá, en los trapiches de un central más llamado a moler corruptelas y pagos indebidos que caña de azúcar.

“Me dirijo a usted con la finalidad de informarle de ciertos acontecimientos sucedidos en la población de Sabaneta de Barinas, en la construcción del Central Azucarero Ezequiel Zamora”.

Así se dirige a Chávez. Con respeto, y distancia.

Eso de “ciertos acontecimientos” debió haber preparado al destinatario de la carta. Y una palabra, un nombre, Sabaneta, su tierra natal, donde su propio padre es el gobernador, cuántas prevenciones a flor de piel debieron haberle brotado al instante. Cuántos cabos atados, con un solo impulso.

Lo que seguía en la correspondencia estaba lejos, ciertamente, de ser una cuenta rutinaria por parte del primer comandante del 62 Regimiento de Ingenieros de Construcción y Mantenimiento General de Brigada Luciano Urdaneta, responsable, según convenio interinstitucional, de los trabajos del movimiento de tierras en las áreas destinadas a la ejecución del Complejo Agroindustrial Azucarero Ezequiel Zamora, Caaez.

El general Gómez Parra pasaba a enunciar de seguidas el motivo, su único y engorroso motivo.

Plantea, de entrada, que para la designación del mayor (Ej.) Orlando Herrera Sierralta como encargado de la construcción del ingenio azucarero, había sido tomada en cuenta su participación en obras realizadas por Fondur. La misión de Sierralta, advierte, era la de reunir un equipo de profesionales y coordinar todo lo relacionado con el proyecto, junto a la directiva del Caaez y los “asesores cubanos”.

Todo, aparentemente, marchaba sobre rieles. Las empresas contratadas ejecutaban los trabajos encomendados a satisfacción de las partes. El personal técnico del Regimiento las verificaba, en conjunto con el Caaez y el jefe de los asesores cubanos, Jesús Reyes. El mayor Herrera Sierralta solicitaba, semana a semana, los cheques respectivos.

Pero a pesar de que en julio de 2004 el encargado de la obra había informado que no existían deudas con las empresas contratadas, un mes después reportó compromisos pendientes por 400 millones de bolívares, sin relacionarlos, según el recuento que el general se apresuraba a poner en conocimiento del Presidente. Además, el citado oficial solicitaba un pago de nómina integrada por 70 personas, por un monto en consecuencia superior al mantenido hasta entonces. Al trasladarse al lugar el capitán Franklin Castillo, confirmó que en el sitio sólo había 11 trabajadores.

Ese fue un oportuno pitazo. El resultado de una auditoría ordenada de inmediato fue pavoroso, enteraba el general al mandatario. La comisión, compuesta por el jefe del Estado Mayor del Regimiento de Ingeniería, dos ingenieros y un contador, detectó el “cobro de porcentaje sobre el monto de la obra a las empresas contratadas”, la “contratación de una empresa perteneciente al grupo familiar”, y la cual “estaba trabajando sin autorización del Caaez”. Igualmente, firma de contratos sin autorización ni conocimiento del Comando, manejo de nóminas falsas, pago a una empresa por una obra realizada con personal y maquinaria del Regimiento de Ingenieros. Apropiación de equipos de oficina adquiridos para ser utilizados por el personal técnico, así como de la madera proveniente de la deforestación del terreno sobre el cual se levantaría el central.

La retahíla sigue:

“Utilización de recursos de la construcción del Central en otras obras, sin conocimiento ni autorización del Comando. (Remodelación de ambulatorio en la zona y acondicionamiento de la sede del Comando Maisanta)”.

El general Gómez Parra reforzaba sus argumentos, diciéndole al Presidente que tenía en su poder tres informes sobre “los hechos”, uno de ellos realizado por el ingeniero Gerardo Márquez, Gerente de Inversiones del Caaez. Otro, de fecha 3 de octubre de 2004, fue elaborado por los trabajadores de la empresa Viapeca, quienes se quejaban del incumplimiento en el pago de sus salarios.

“Muy respetuosamente solicito sea conducida una investigación técnica por un organismo competente de acuerdo a las leyes y reglamentos de la República”, dice en la parte final de su misiva, el alto oficial.

Irónicamente unidos

En el “área especial” de la cárcel de Los Llanos, en Guanare, donde está recluido el general, de vez en cuando se tropieza con el mayor Herrera Sierralta, quien una vez fue persona de su absoluta confianza. Es uno de los errores que el general admite abiertamente. Haber confiado demasiado. Ahora ambos están procesados por el mismo caso. Unidos y enemistados a la vez dentro de los complejos entretelones de un mismo escándalo. Para él apenas es un detalle dentro de la descomunal ironía del dilema por el cual atraviesa.

―¿Qué hace usted al verlo? ―no resistimos la curiosidad de preguntarle.

―Nada, es como si no lo viera.

―¿Fue el mayor Herrera Sierralta quien lo denunció a usted?

―El mayor Herrera Sierralta me acusó de que, según él, yo lo estaba persiguiendo, lo estaba hostigando. Nada más alejado de la verdad.

El general no puede declarar a la prensa en la cárcel. Lo tiene expresamente prohibido. La orden es clara. Nada de periodistas.

Por eso, sin la posibilidad de tomar nota, ni de grabar, la conversación se da por otras vías. “Yo acataré esa orden porque como militar la disciplina es algo que llevo por dentro. No pasaré de la raya”, dice.

Su narración prosigue así:

―Llevo dieciséis meses preso, sin haber sido imputado siquiera. Incluso, antes de que se dictara la orden de aprehensión, yo me presenté a la DIM y me entregué, a sabiendas de que soy inocente. Yo introduje la denuncia de los hechos, aún antes de que la Inspectoría General del Ejército me llamara, por las acusaciones del mayor Herrera Sierralta.

―¿Usted es acaso el nuevo chino de Recadi?

―Me han tomado como bandera en un caso emblemático de corrupción, para decirle al país: miren, aquí tenemos a un gran corrupto preso.

―¿Qué espera de la justicia?

―Eso mismo: ¡justicia! Aquí se ha violado una serie de leyes y reglamentos. Todos los jueces, doce o trece, se han inhibido, por miedo a contradecir la orden dada desde arriba. Me trajeron hasta acá desde Barinas, en un procedimiento arbitrario de la Disip, en horas de la noche, sin una notificación formal ni la presencia de mis abogados. Yo no voy a pedir una suite presidencial ni que me trasladen en una limusina. Pero no aceptaré irrespetos. Soy general y lo seré hasta que muera.

―¿Le respondió el Presidente la carta que usted le envió?

―No, ni tampoco el general Raúl Isaías Baduel una que le envié antes (20 de diciembre de 2004), en los mismos términos. Por cierto, nada de eso aparece en el expediente. Nada que me favorezca fue incluido. Yo le pido al Presidente que revoque la orden de fusilamiento que dio en mi contra públicamente en uno de sus programas. Él, que constantemente habla de magnicidio, le dijo al periodista Eleazar Díaz Rangel que si tuviera la potestad de fusilarme lo haría. Presidente, en mi proceso, los organismos no tomarán una decisión distinta a la suya. La orden es condenarme con o sin pruebas. En la experticia contable, un informe elaborado por unos expertos, no se manifiesta que en mi actuación haya habido dolo alguno. La Fiscalía, qué cosa, tampoco asienta esa conclusión a mi favor.

―¿Cuándo surgió su calvario?

―Cuando una empresa quiso cobrar unas obras que no había hecho, y yo no autoricé el pago de los cheques. Les coloqué el sello “anulado”. Todo el trámite venía firmado por los ingenieros inspectores, ¡por todo el mundo! Ahí comenzó el desastre. Nadie ha investigado a la directiva del Caaez, encabezada por el después ministro Antonio Albarrán. Todo el peso de la investigación recayó en mí. La directiva del Caaez escogía las empresas y el Caaez no autorizaba ni medio si antes no inspeccionaban y verificaban las obras. La Comisión de Contraloría de la Asamblea Nacional encontró responsabilidad política en Albarrán, en los cubanos y en mí. No sólo en mí. Yo pido a la justicia que averigüe bien, y que si me consiguen alguna prueba, que me quiten la cabeza. Pero que averigüen bien. Sólo eso.

―¿Lo llamaron a usted sus superiores para que pagara los cheques objetados?

―Me llevaron a la Comandancia General del Ejército. Me negué.



Confesión de la esposa, Tahianny Pisani de Gómez

Sólo buscan el silencio

Tahianny Pisani de Gómez es una mujer alta, delgada, re

suelta. Con un temple fiero que ella aclara es reciente, sólo de hace un tiempo para acá.

―Mire, en lo que me han convertido. Yo no era así ―dice, llevándose las manos al rostro, como si no se reconociera en la persona que ahora es, a la vuelta de unos años recorriendo cárceles, tribunales, oyendo acerca de intrigas, viéndolas de cara a cara, palpándolas, sufriéndolas, y constatando cada vez con menos asombro todas las vueltas que es posible darle a una verdad, a una evidencia, a lo irrefutable. Y comprobando, aunque parezca una redundancia, sin serlo, cuan bajo pueden llegar las bajezas.

La acababan de desnudar, obligándola además a colocarse en posición de cuclillas, en la revisión previa para el encuentro dominical con su esposo, el general Gómez Parra.

Por encima de su sollozo, de una vez coloca el valor al que se sabe obligada.

―Fíjese, no me revisaron el bolso. Yo pude haber entrado con un arma. Pero de manera grosera, bochornosa, humillante, me trataron como la mujer de un delincuente. La idea era humillarme. La funcionara exigió que me agachara porque según ella podía traer algo en mis partes.

―¿A qué atribuye la desgracia en que ha caído su esposo?

―Qué más emblemático para un gobierno, como aval de lucha contra la corrupción, que tener a un general preso. ¿Dónde está la gente del Caaez, que tenía injerencia directa sobre los fondos, que avalaba las obras y verificaba que estuviesen debidamente culminadas? Para poder generar anticipos a las empresas que ellos contrataban, debían autorizarlo ellos. ¿Dónde está Albarrán?, ¡cosa extraña! Una empresa de buenas a primeras aparece cobrando 1.300 millones de bolívares, como si hubiera hecho una obra de canalización y rectificación de Caño de Oso, cuando esos trabajos los había hecho ya mi esposo con personal y máquinas del Regimiento. Por eso mi esposo no autorizó el pago. La junta directiva del Caaez no ha sido investigada. A ver, ¿quién tendría que estar en el banquillo de los acusados?

―¿Podría contar qué pasó en el seno familiar, cuando el presidente Chávez sugirió que su esposo pudiera merecer el fusilamiento?

―Todos, como era domingo, estábamos en casa, sin planes para salir. Sin despertarnos de un todo, sobre mi cama veíamos la televisión: mi esposo, mis hijos y yo. Chávez estaba en la pantalla y todos escuchamos, juntos, perplejos, esa increíble barbaridad. “Si pudiera fusilarlo…” Eso generó un daño emocional grave en mis hijos. Desde entonces yo, que soy sicólogo clínico, no he logrado que el menor duerma solo, en su cama. Entonces tenía nueve años, y ahora once. Como tiene el mismo nombre de su padre, dice que teme que un día de estos lleguen buscándolo, para fusilarlo. Mi hija, que tiene ahora dieciséis años, salió corriendo a la calle en pijamas, sin saber qué hacer. ¿Eso no es un delito? ¿Cómo se llama eso, dígame usted? ¿No está penado por el Cedna? Yo no sabía cuál crisis atender primero, si la de un hijo, la del otro, la de mi esposo, la mía. ¡Qué drama, Dios!

―¿Usted era chavista?

―Cómo no. Yo creía que ese señor había sido elegido por la Providencia para hacer las cosas mejor, como todos los venezolanos lo habíamos deseado. Progreso, igualdad de oportunidades, mejor sistema de justicia. Hoy los órganos administradores de justicia en el país están arrodillados a los deseos del presidente Chávez. Su sola voluntad de fusilar a mi esposo fue una línea dictada. Que le corten la cabeza. Así en consecuencia han actuado. Pero, ni siquiera él está imputado ahora. Lleva dieciséis meses, no bajo privativa de libertad sino secuestrado. Una comisión de la Disip lo trasladó hasta Guanare a la fuerza, de noche, sin testigos. El propósito es silenciarlo, evitar a toda costa que algún día se sepa la verdad. Por eso es que digo que mi esposo corre peligro de muerte. Ahora, si están tan seguros de que él se robó 3.217 millones de bolívares, ¿por qué yo no tengo, también, una medida privativa de libertad? Ese dinero tendría que estar disfrutándolo yo. Yo soy cómplice de mi esposo en lo que salga. Sé que estoy luchando contra un monstruo, pero pido una medida privativa de libertad en mi contra, como cómplice. Vengan a ver dónde vivimos. Mi esposo no es un corrupto. Estamos en la misma casa desde hace once años, en Carrizal, estado Miranda. Ni siquiera la tengo terminada. Tuve que vender mi carro para pagar abogados.


¿De qué acusan al general?

El general Delfín Gómez Parra, aún activo, el mayor Orlando Alonso Herrera, el capitán Franklin Castillo y Juan Carlos Herrera, civil, están presos acusados de tres delitos: peculado doloso impropio, malversación genérica y concierto de funcionarios con contratistas.

Los fondos supuestamente desviados formaban parte de una partida de 3.500 millones de bolívares, aprobada en el año 2001 para la construcción de un complejo azucarero en Barinas.

El entonces ministro de Defensa, Orlando Maniglia, dijo que a los implicados les habían abierto "consejos de investigación" y que la averiguación castrense, concluida en junio de 2005, determinó que los oficiales incurrieron en "falta de supervisión y de control" de los fondos públicos. También los acusan de "contratación de familiares y emisión de cheques sin fondos".

La Asamblea Nacional acordó que en el caso hubo "desorden administrativo". En el expediente evaluado por la Comisión de Contraloría aparecen pagos autorizados por el 62 Regimiento a particulares, que, advirtieron los parlamentarios, jamás trabajaron en las obras del Caaez.

Un caso sería el de la empresa presidida por Jiray Vicente Gómez, que habría recibido un cheque por Bs. 84.629.567,67. Una constructora a la que nadie vio por allí, habría cobrado 342.624.870,64 bolívares.

Hay facturas que aparecen pagadas, pero las empresas a las que pertenecen los depósitos niegan haber recibido un céntimo.

Manuel Gómez Parra, un hermano del general, es señalado de haber cobrado sin trabajar. Pedro Carreño, diputado para la época, aseguró que del presupuesto del central extrajeron Bs. 45.144.500 para adquirir una camioneta marca Ford, modelo Fortaleza, color negro, placas 97V-GAT, a nombre de Manuel Gómez Parra, en el concesionario Auto Center de Socopó, estado Barinas.

Bienvenidos

Les abro las puertas a mi blog. Agradezco sus comentarios, aportes, críticas. Por favor, evite el anonimato.

Acerca de mí

Periodista. Jefe de Redacción del diario El Impulso, de la ciudad de Barquisimeto, Venezuela