
William Amaro Gutiérrez
Prólogo escrito por el periodista José Ángel Ocanto, para el libro El poder de Dios a través de la Prensa, del educador William Amaro Gutiérrez
Provengo de una familia religiosa.
Si alguna inmodestia me permito, cuando cabe, es afirmar que el primer libro que leí, a los seis años, fue la Biblia.
Me estremecían las historias que allí se relataban. Las imágenes sagradas, las parábolas, los lugares referidos, aquellos nombres perdurables. Abraham llamé a uno de mis hijos. El de Sara lo lleva la última de mi descendencia. ¿Cómo contarles y convencerlos de que no exagero si les comento que en una imborrable ocasión pude mojar mis manos en el río Jordán, y que sentía como si estuviera faltándole los respetos a aquellas aguas venerables? Recuerdo que, aún sin saber nada del mundo, ni de las gentes, me introducía de pies y cabeza en ese libro inmenso, como quien se interna en un ánfora cargada de memorias eternas, de voces y misterios a los cuales asistía con indescriptible embeleso.
Esa es una, solo una, de las razones, que me acercan a la escritura de William Amaro Gutiérrez. Sus artículos los leo -no sé, ciertamente, desde cuando-, con interés y deleite. Siempre digo, y permítanme la ociosidad de repetirlo en este punto, que leer no es simplemente el acto de pasar la vista por una hoja de papel. Leer no es un rito mecánico. Se lee, de verdad, cuando sorber cada palabra, cada enunciado, cada giro, se convierte en un hallazgo, en una fruición. Se asiste, pues, a una ceremonia cargada de ofrendas y finezas espirituales. Leer es una fiesta, y William Amaro se ha vuelto todo un diestro en ese exigente arte de hacer de sus periódicas convocatorias, una romería íntima y seductora.
Los artículos del autor que hoy nos ocupa, que en El Impulso ya suman 53, llevan estampado el sello de una mirada devota. Sea que escriba sobre política, filosofía, salud, o sobre algún tema relacionado con la cotidianidad (la reflexión en torno al drama de los niños de la calle, pongamos por caso), en sus puntuales entregas habrá, sin falta, un hilo conductor impregnado de razonamiento cristiano. Es la óptica desde la cual describe y analiza los acontecimientos que desfilan, día a día, ante los ojos de un observador que se concibe obligado a ponderar y moralizar, sin asumir, eso sí, la pose estricta, ampulosa y exasperante del sermoneador.
No se trata, créanme, de un ejercicio fácil. Por lo contrario, este camino está plagado de una infinidad de obras y escritores malogrados. En opinión de los entendidos, la tentación moralizante suele abandonar, a quienes en ella incurren, en una especie de desierto carente de riqueza cromática. El testimonio se vuelve, entonces, un cuerpo rugoso, agrio, amarillento. Se reduce a un adefesio apenas bien intencionado. Es por ello que el crítico literario Charles Moeller sostenía, tajante, que ninguna “literatura edificante” llega a ser artísticamente buena.
William Amaro se vale de sus poderosos recursos para escapar indemne ante semejante trampa, que adivina tendida. La palabra, en sus manos, es una herramienta plena de formalidad y, a una misma vez, cargada de reverdecido garbo. Hay una admirable madurez en su distintivo estilo de narrar y exponer. En todo momento, se percibe en sus susurros, en esa cercanía cómplice que establece con el público, que en su caso debe ser legión, una intención de decir, de advertir, de aclarar. Cuando prorrumpe en grito, enseguida se reparará en la serena angustia de un alma comprometida con la suerte de sus semejantes, de todos los compañeros en esta barca en la que vamos transitando, y dando tumbos, quién sabe hacia dónde.
“Las convicciones no pueden ir en contra de los valores morales y espirituales”, recordamos haber leído hace algún tiempo en uno de sus artículos. Argumentaba que a nadie le asiste el derecho de usar la lógica propia, es decir, sus intereses, sus cálculos oportunistas, en la intención de “justificar convicciones que traen muerte”. Era una forma suya de condenar la tendencia a un pragmatismo que le asigna primacía al provecho particular, así se trate de hacer negocios por encima de la sangre derramada y de las tumbas, de quienes van cayendo, por aquí, por allá, en defensa de las libertades públicas. ¿No vemos repetirse, hasta el mismo hastío, una trágica secuencia de tales episodios, en estos tormentosos tiempos que nos ha tocado vivir, o padecer, mejor?
Una prosa limpia y bien tratada le transmite un creciente valor a las entregas literarias de William Amaro. De manera que a las densidades del contenido, usted deberá agregar los méritos de una estructura con brillantes acabados. Es la feliz conjunción del qué y del cómo. La profundidad y la exquisitez. Leche y miel, si quisiéramos decirlo en los términos bíblicos.
Este cronista, que moraliza sin estériles santurronerías, reúne ahora en este libro buena parte de sus inquietudes, proyectadas hacia una posteridad que deberá examinarle con justicia. Enfrentado cada semana al terrible desafío de la hoja en blanco (o de la pantalla de computadora vacía, si actualizamos las figuras), es dable advertir, a salvo, desde el cómodo plano del lector, que la suya es una batalla ganada. Desde aquí, colocados de pie, celebramos su iniciativa de compilar una idea que no deberá seguir dispersa. Leamos, pues. Aunque suene a rapto egoísta y eso desentone con su tono incorrupto de escribir, procedamos sin más dilación a darnos ese humano placer.
José Ángel Ocanto