jueves, 11 de octubre de 2007

Bogotá, intensa y sobria

Foto: JAO
La ciudad ha sufrido en las últimas décadas una transformación admirable. La vista panorámica es desde el cerro de Monserrate

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Las aldabas de las casas de La Candelaria hablan de un pasado cuyos ecos no dejan de sentirse nítidos en sus angostas callejuelas siempre húmedas

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¿No le provoca disfrutar de este ambiente sin tener que alejarse de casa o sitio de trabajo? En el Parque Metropolitano Simón Bolívar pasamos toda una mañana, ajenos, dentro de la ciudad, a toda su tensión, sus ruidos y vapores

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Bogotá es una urbe amable

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Calle de La Candelaria, en donde nació Bogotá. Área exquisitamente recoleta, bohemia. Su trazado urbanístico fue elogiado por el célebre arquitecto, urbanista y pintor suizo-francés Le Corbusier

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Botero, presente en el Parque Renacimiento, con su Hombre a Caballo


La cultura y buen talante del bogotano, del viejo y del joven, es una media constante que se palpa por doquiera. En el hotel, en el taxi, en el centro comercial, en el café, en la calle


Parodiando a Humboldt, quien dijo que el grado de civilización de un pueblo se mide por la forma en que trata a los animales, no es descabellado plantear que la calidad de vida de las ciudades de hoy, en estos tiempos de estrépito, es posible definirla por la extensión y cuido de sus parques.
Veamos. El Central Park de Nueva York abarca 341 hectáreas (4 kilómetros de largo y 800 metros de ancho). El Retiro, de Madrid, 120 hectáreas. El Hyde Park, de Londres, 140 hectáreas.
Con sus 380 hectáreas, el Parque Metropolitano Simón Bolívar le concede a Bogotá el rango de una metrópolis en donde la modernidad y sus inevitables dentelladas no han logrado borrar el lado amable de la vida en ciudad. Es una prueba palpable de que progreso y armonía no son excluyentes, como suele creerse. El avance no tiene que ser sinónimo de hostilidad, de agresión.
Aunque no cobran un solo peso para entrar, no hay excusa alguna para la indolencia en todo aquel ambiente verde y relajado. De hecho, el cuidado permanente es uno de los signos que saltan a la vista del visitante menos observador.
Allí pasamos toda una mañana, ajenos, dentro de la ciudad, a toda su tensión, sus ruidos y vapores. Vimos a familias enteras disponer tapetes sobre la grama, y hasta carpas, para disfrutar de las ociosidades de un domingo. La escena, se nos dijo, se repite cualquier día. Atendían a los pequeños, correteaban con las mascotas, jugaban fútbol, o bien hacían uso de las ciclovías, de las pistas de trote, oteaban la urbe desde la terraza-mirador, o pedaleaban sobre los botes en el lago, de once hectáreas.
Aunque jurídicamente este hermoso parque nació en 1979, para la celebración, cuatro años más tarde, de los 200 años del natalicio del Libertador, su historia se remonta a 1968, cuando el Papa Pablo VI celebró en este lugar una recordada misa campal. En 1986, Juan Pablo II lo escogió, también, para la celebración de un multitudinario acto litúrgico.
Aquí está la huella imperecedera que en Bogotá ha dejado la acción de alcaldes emprendedores, futuristas, como es el caso indiscutible de Jorge Gaitán Cortés y Virgilio Barco Vargas.
La ciudad ha sufrido en las últimas décadas los poderosos efectos de una transformación admirable, fundamental. Si usted la visitó hace diez años, le costará un mundo reconocerla.
Es fácil olvidar que se está en una urbe consideraba peligrosa, en guerra desde hace medio siglo con la insurgencia, cuando uno se desplaza por el centro histórico, el acogedor Parque de la 93, con sus anchas aceras bordeadas de cafés y restaurantes al aire libre, en la inquieta Zona Rosa, con sus discotecas y casinos, o en el Barrio La Macarena, pongamos por ejemplo.
La vigilancia militar y policial, eso sí, se siente, densa, invariable. Pero se trata de una presencia no invasiva. A objeto de probar el grado de urbanidad de estos funcionarios, los abordamos en más de una ocasión, preguntándoles cualquier ocurrencia. La respuesta que siempre obtuvimos fue respetuosa.
La cultura y buen talante del bogotano, del viejo y del joven, es una media constante que se palpa por doquiera. En el hotel, en el taxi, en el centro comercial, en el café, en la calle.
-Qué pena con usted –es una frase a flor de labios. Es su manera de mostrarle una educada disculpa, que puede brotar por la causa más insignificante, o imprecisa.
Los buenos modales también se manifiestan al conducir. El bogotano, por lo general, no se transforma en bestia cuando se coloca frente al volante. Viéndolos manejar, pudimos comprobar que ceder el paso no rebaja en importancia o jerarquía, a nadie.
Caminar, bajo un cielo con la debilidad de prorrumpir en lluvia no importa en qué momento, es inmensamente grato en las aceras amplias, ordenadas y pulcras de Bogotá.
¿Vendedores informales? Los vimos, en puestos señalizados, que no entorpecían al peatón.
¿Vallas con propaganda oficial? En este momento me percato de que no vi ninguna. Por ningún lado la foto del alcalde, ni la del Presidente. Un pendón de regular tamaño nos llamó la atención en las cercanías del Parque Renacimiento: hacía alusión a que Bogotá es Capital Mundial del Libro 2007 (imposible evitar un profundo suspiro, por la obligada comparación que hacíamos con la violencia que padecemos en los espacios de Barquisimeto).
En efecto, las librerías son un manantial inagotable, actual, memorioso, eterno. Hundirse, o dejarse arrastrar por los profundos llamados de esos templos de papel que son sus pródigas estanterías, es una de las delicias más grandes que usted puede saborear en esta esplendorosa sabana una vez bautizada como la Atenas suramericana.
Bogotá es, pues, una capital intensa, llamativa, sobria, ilustrada, afable.
Visitarla, o, mejor, vivirla, es un regalo.

¿A dónde ir?

En Bogotá, no deje de visitar el Museo de Arte Moderno, con sus 5.000 metros de colección de obras, tanto de arte moderno como contemporáneo. Allí puede ver usted creaciones de Alejandro Obregón, Enrique Grau y Manuel Hernández.
Está ubicado en la calle 24, frente al Museo de Oro, otro sitio obligado. Posee 50.000 piezas arqueológicas de oro y otros metales preciosos, pertenecientes a las distintas culturas del país: quimbaya, calima, tairona.
Tampoco deje fuera de su agenda el Teatro municipal Jorge Eliécer Gaitán, en la carrera 7. Es la sala más grande de la capital, con 1.750 sillas y amplios espacios del Art-deco.
Igualmente recomendamos el Teatro Cristóbal Colón, una joya del arte barroco declarada Monumento Nacional.
El Museo Nacional fue fundado en 1823 por Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander. Allí puede apreciar obras que sintetizan la historia de la ciudad.
Otros sitios: el Museo de Artes y Tradiciones Populares. El Museo Militar. La Casa de la Moneda. El Museo Botero.
Pero no deje de caminar por la Zona Rosa. Recorra, de punta a punta, a pie, La Candelaria, Patrimonio Nacional, con sus hermosas callejuelas, cada una con nombre propio.
Para un venezolano es imperdonable olvidar una visita a la plaza de Bolívar, en cuyo alrededor están la Catedral Primada, la Alcaldía, el Palacio de Justicia.
¿Centros comerciales?: Unicentro, en la calle 127 con carrera 15. Es el más grande y moderno del país. El Atlantis Plaza. El Andino, en la Zona Rosa, es espectacular. Muy cerca, El Retiro, mucho más sofisticado.

No olvide comer ajiaco

En Bogotá usted no puede dejar de comer el ajiaco santafereño. Exquisito. Insuperable.
Pruébelo, eso sí, temprano en la tarde. Es algo fuerte, al menos para estómagos no habituados.
Es una sopa hecha de en base a papa pastusa, pollo, mazorca y las indispensables guascas.
¿Qué es la guasca?, preguntará alguien. Se trata de una hierba colombiana que usa fresca o seca y molida. Las papas criollas son pequeñas, de piel amarilla.
La sopa la acompañan con aguacate, arroz, alcaparras y crema de leche.
Después de un ajiaco (460 calorías por porción), salga a caminar. Si es por el hermoso Parque de la 93, mejor aún.
Ahora, por nada del mundo usted se puede quedar sin degustar algún plato típico en Casa Vieja.

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Acerca de mí

Periodista. Jefe de Redacción del diario El Impulso, de la ciudad de Barquisimeto, Venezuela