lunes, 14 de mayo de 2007

El símbolo de la pantalla apagada

“Si es cierto que corre sangre por nuestras venas, afrontaremos pruebas vitales, graves. Servirán para medir el grado de sanidad social de la Venezuela de esta hora”

Considero una tímida estupidez la cuña de televisión que, a escasas horas del cierre de RCTV, presenta a una mujer de humilde apariencia, dirigiéndose al amo del poder en términos llorosos, implorantes casi: “Señor Presidente, usted nos abrió los ojos…”, “señor Presidente, usted es un hombre que da…”, ponen a decir a la señora, en frase que mejor calzaría en los serviles y delicados labios del ministro Willian Lara. Tan cursilón, turbio, quebradizo y refinadito él.
¿Cabe esa tierna formalidad frente a semejante abuso, y, además, frente a todas las arbitrariedades y riesgos en cadena que ahora presenciamos y padecemos? “Señor Presidente, yo rechazo su mordaza y me rebelo ante su abominable pretensión de acallarnos e imponer el pensamiento único”, habría sonado más genuino, sincero y ajustado a una coyuntura ciertamente dramática, concluyente, en la cual no resultan admisibles las vacilaciones, los aderezos engomados, ni las medias tintas.
Lo peor del caso es que el citado mensaje suplicante no es fruto de una desorientación aislada. Es obra de un reflejo fatalmente enraizado en el subconsciente colectivo. Estamos aquí sentados, con las piernas cruzadas, aguardando la materialización de un extravagante milagro: que Hugo Chávez entienda lo que no entenderá jamás, y que, una noche de estas, por fin, para nuestra más inmanejable sorpresa, se arrepienta y se disponga a rectificar. Que de pronto se vuelva un apasionado demócrata, un converso al estilo de Pablo de Tarso, un paladín de la legalidad y un colosal ejemplo de tolerancia y humildad. Que sus volcánicas obsesiones y ruinosos delirios cedan paso a una oculta personalidad plena de respeto, buenas intenciones y pulcritudes ciudadanas.
¿Alguien, en su sano juicio, lo cree posible? Soñar no cuesta nada, es cierto, pero esta pesadilla ya está demasiado larga y se ha elevado en exceso el monto de sus desgracias, materiales y espirituales, en el seno de una nación partida en dos toletes enemistados por causa de la cizaña fanática y del copioso veneno oficialista. El patético cuadro que nos rodea, plagado de tiempo perdido, desolación, esperanzas malogradas, corrupción insolente, inversión de valores y muertes, clama a los cielos por no alargar ingenuidades ni reposos miserables, en nombre de una colegiala compostura que es respondida con insultos, perversidad y plomo del grueso, desde la oscurecida e impúdica fuerza militar gobernante.
A estas alturas de los nueve años de una inmoralidad impropiamente llamada revolución, con sus depravados motores, buena parte del liderazgo del país (partidos, gremios, universidades, empresarios) luce distraído, soporífero, soso. La hora de las definiciones llegó hace rato, y tronó con estrépito, pero el cinismo oficial sigue recibiendo por respuesta las vagas muestras de las desvariadas impotencias que de tanto en tanto, en horario de oficina y descontando los días feriados, brotan de una oposición errática, espasmódica, inconsistente, poseída por el miedo de ser mayoría alguna vez, y que va por allí, arrastrando con torpeza un insuperable complejo de culpa.
Si el Tribunal Supremo de Justicia no le saca las patas del barro al gobierno, conforme podría sugerir la sala situacional de Miraflores, el cierre de RCTV este 28 de mayo, justamente el Día de Lara, producirá el parto forzado de un poderoso símbolo en la lucha por las libertades públicas, capaz de insertarse en los estratos de la percepción y la memoria del venezolano común. Habrá surgido una nueva bandera, con ribetes definitorios. ¿Acaso no insistía Aristóteles en que no se piensa sin imágenes? Cualquier aprendiz de los símbolos sabe que su principal fuerza radica en que hacen innecesaria la explicación. Los símbolos quedan lacrados con facilidad en algún lugar de la razón, al alcance de toda comprensión humana.
La pantalla apagada de la planta televisiva con mayor penetración y arraigo cultural será un emblema que en poco tiempo el recuerdo elevará, hasta sublimizarlo, borrándole toda aspereza. Cada vez que la realidad y las angustias populares no aparezcan fielmente reflejadas en la señal de los canales sometidos, o plegados, y cuando el entretenimiento habitual de las familias haga sentir la severidad de su vacío, la evocación de la tribuna despojada sacará a relucir el atropello de quien ha hecho uso de la fuerza desmedida, injustificada, inconsulta. Entonces el símbolo adquirirá la secreta fuerza de lo prohibido, la irresistible atracción que se graba en todo lo que es perseguido o proscrito. ¿Le conviene al régimen engendrar semejante mártir, vinculado nada menos que a la sacrosanta libertad de expresión?
Si la gente tiene en el primer lugar de las preferencias precisamente a RCTV, en señal abierta, y a Globovisión, por cable, canales privados ambos adversos al gobierno, es dable deducir que pocos se fían de la prédica oficial. O, al menos, que a una inmensa mayoría de habitantes de esta nación, las peroratas insolentes del mandamás y sus incondicionales no les hacen más amable la existencia. Queda claro que si se tiene la oportunidad de escoger, y sintiéndose los ciudadanos fuera del alcance de la coacción directa del régimen, en sus hogares, la cabida del discurso oficial se reduce en forma comprensible para todos, pero alarmante e insoportable para quien pretende ser visto y acatado ajuro. Anote, señor: el público sólo está presente y aplaude cuando pasan lista.
Encima, el malestar y la frustración sin posibilidades de ser drenados socialmente darán origen a una presión de consecuencias insospechadas. Esta vez el poder se habrá metido con los venezolanos más queridos y admirados: los artistas, esos seres idealizados y acogidos en cada vivienda, no importa su condición, y con quienes millones de hombres y mujeres están habituados a reír y llorar, a sentir y soñar, día a día, como extensión afectiva y cercana de sus particulares aventuras y aflicciones.
Un dios rencoroso habrá expulsado del paraíso a aquellas figuras modélicas, fascinantes, en quienes ven proyectados sus dramas y anhelos cotidianos más intensos, en insondable complicidad. Tal conquista, así lograda, degenerará en una tragedia para el régimen, porque será una victoria insostenible, desastrosa, con inmensas bajas en el bando de las libertades públicas, y de los derechos humanos, por supuesto, pero también entre las columnas y los lujosos pertrechos del poderoso, que tanto temor habrá de revelar ese día sin gloria ante el fuego cruzado de la opinión distinta y el debate abierto de las ideas, ¡de todas las ideas!
El amo exhibirá la indispuesta debilidad de quien, impedido ya de razonar y de convencer, habiéndose creído el dueño de la palabra, y de la verdad absoluta, a falta de argumentos nobles y presentables ha optado por aplastar, con crueldad y grosera ventaja.
“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”, coloca Cervantes en boca del Quijote. “Por la libertad, así como por la honra, se puede aventurar la vida y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”, agregaría luminoso, desde el lomo de su jumento, el caballero de la triste figura.
Sin duda la colectividad venezolana revelaría la más lastimosa de las cualidades, si deja pasar en silencio y con resignada inmovilidad este salvajismo a punto de ser perpetrado. Si es cierto que corre sangre por nuestras venas, afrontaremos pruebas vitales, graves. Servirán para medir el grado de sanidad social de la Venezuela de esta hora. Al optar cada quien por su posición, nadie puede llamarse a engaños porque las señales han sido colocadas con toda claridad. Los terrenos de la deshonra y del abordaje delator y alevoso son presididos por la ignominiosa Venevisión de Gustavo Cisneros. Un viejo y prestigiado líder del gremio de periodistas, Eleazar Díaz Rangel, decidió sepultar a cambio de privilegios todo un historial de representación y luchas reivindicativas, al soltar esta bestialidad: “No se trata de revocar una licencia o concesión, sino simplemente de no renovarla”.
Piensan que un resentimiento mal disimulado les da licencia para arrasarlo todo, ahora, con la valentía que proporciona desplazarse en manada, dentro de esta improvisada selva. No importa quien caiga, ni los valores que se derrumben, si la tardía venganza pactada se consuma. Son los extraviados coletazos de una ideología que repite los crímenes y los mismos desvaríos obsesivos de Stalin, Mao, Pol Pot. Un morbo que se alimenta de una romántica y pintoresca impunidad cuando al calor del realismo mágico de estos pueblos caribes se propaga con mano zurda y bajo el pretexto de la lucha contra el imperio y el capitalismo. Desde la culta Europa, unos ilustres cagatintas bien pagados aplauden y ríen de los absurdos que nunca serían admitidos allá. Ningún obstáculo moral, ninguna luz de progreso y entendimiento, pueden anteponerse a ese fin. Por tanto, todo quien se atraviese en el camino es un traidor y debe ser aniquilado. El Ché Guevara, cuya efigie es colocada sin pudor alguno en las calles junto a la de Bolívar, proclamó que el guerrillero debe ser “una fría e implacable máquina de matar”.
Salvador Allende declaró que “la objetividad no debería existir en el periodismo”, puesto que “el deber supremo del periodista de izquierdas no es servir a la verdad, sino a la revolución”.
Y una aliada de esta nefasta correría revolucionaria, Hebe de Bofani, integrante de las Madres de la Plaza de Mayo, en Argentina, confesó que cuando se produjo el atentado del 11 de septiembre en Nueva York y Washington, por haberse dado en territorio estadounidense, ella sintió alegría. “No voy a ser hipócrita, no me dolió para nada”, dijo.
No somos testigos, pues, de una catástrofe inconexa, separada de un tronco madre. Pensar que el cierre de RCTV es un mero capricho, o un accidente más, comporta el error más peligroso que podemos cometer como sociedad. El fuego de esta tragedia nos quemará caras y conciencias.
Tendríamos que ser clausurados como remedo de país, y como falseada copia de ciudadanos, si no reaccionamos ante los pasmos y urgencias de conducta tan vomitiva.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Buen trabajo. Lo suscribo por completo.

Anónimo dijo...

Estoy de acuerdo. Bien dicho.

Anónimo dijo...

Sencillamente arrecho

Anónimo dijo...

Me conmovió este trabajo.
Es la verdad.

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Acerca de mí

Periodista. Jefe de Redacción del diario El Impulso, de la ciudad de Barquisimeto, Venezuela