jueves, 5 de abril de 2007

Moralmente destituidos

El poder pone
a personas ordinarias
ante tentaciones
extraordinarias
Anónimo

Eran como las seis de la tarde, creo recordar.
Vivíamos en Cabimas.
Al lado de la casa, una carpintería aseguraba un incesante lamento de maderas mutiladas por la sierra.
En la esquina, un balancín petrolero era potro de hierro en insomne cabalgar.
Mi padre –que ya no está con nosotros– llegó cansado, y con el semblante algo gris, apagado.
Pasó rápido a su cuarto. Se acostó en cauto silencio, y aún vestido cubrió los ojos con las carnes de su brazo izquierdo.
Yo, que lo había esperado con ocultas ansias, me escurrí como un haz de luz en la habitación, y le hablé, antes de que se hundiera en las brumas del sueño.
Le notifiqué no sé qué angustia adolescente.
El viejo me oyó, se volteó levemente para descargar algunas palabras cortas, pero sabias.
Eso sí, clavó sus ojos en mí para concluir:
“Haz, siempre, lo que debes hacer”.
Asentí con la cabeza en señal de respeto y acatamiento, y él, sin verme, desde su moreno rostro alzó un tanto la voz:
“Nunca mires hacia los lados cuando te dirijas a una meta que tengas por noble”.
La imagen acudió y se alojó nítida en mi mente la otra tarde.
Surtió el efecto de un sedante.
Incluso sorprendí al Dr. Ramón Pérez Linárez, mi abogado.
“¿Cómo es que ayer eras un nudillo de nervios, y ahora estás tan sereno?”, me preguntó cuando esperábamos el veredicto en la Corte de Apelaciones.
Afuera, en los pasillos del tribunal, unas gentes transportadas y amaestradas, a las cuales jamás había visto –y, podría jurarlo, nunca han leído esta página– me miraban y quemaban con un odio inducido, empotrado. Eran mis enemigos jurados, por un absurdo encargo.
Mis acusadores, prepotentes, resoplaban un burdo aliento imperial.
Se reían, con o sin motivo aparente.
Bufoneaban en la sala como pavos reales. Ellos eran el poder. Alguna vez me miraron como se mira, desde la altura, a una insignificante hormiga.
Yo, en cambio, aprendí al escudriñarlos. Los espié para estudiarlos con curiosidad de arqueólogo, aunque con miradas oblicuas y breves.
Es buen ejercicio para determinar cómo se distinguen, en el complejo espectro humano, la miseria y la dignidad; la vulgaridad y la elevación.
En todos sus gestos y desplantes se les reflejaba la intestina convicción de que el poder es para servirse, no para servir. Ellos –lo gritaban sus alardes– entienden el poder como una fuente ilimitada y eterna de inmunidades, de ventajas, de groseros privilegios.
Tenían razones, ciertamente, para destilar y embriagarse en tanta confianza.
Venían de perder un juicio en el estado Vargas, proceso en el cual al militar se le condenó a seis meses de prisión; pero, qué va, no pagó ni un solo día. ¡Ah, el poder y sus encantadoras mieles!
Ya Isa Dobles, quien se ha visto ensartada con ellos en un largo y abrupto infierno judicial, me había advertido sobre su propia experiencia, cuando lo demandó:
“Allí estaba él, con su uniforme, signo de poder, entre sus dos abogados, con sus testigos militares retirados. ¡Yo defendía con garras mi honor!”
Se vinieron en tropel a Barquisimeto.
Nuevos cargos les aguardaban a todos.
Cualquier periodista –por lerdo que fuere– habría percibido allí una simple pauta a cumplir.
Procedía informar a los larenses acerca de un hecho comunicacional.
Un diputado honesto, íntegro (Pedro Castillo), reiteraba sus denuncias.
Las averiguaciones cursaban. Entorpecidas por las presiones, pero cursaban.
Toda la prensa nacional se ocupó de ellos con profusión, largos meses.
Las páginas escritas en los diarios (El Nacional, El Universal, El Mundo, Ultimas Noticias) alcanzarían para empapelar las paredes del Edificio Nacional.
En verdad, cuando los aludimos nosotros, ya tenían la “honra” deshecha, impresentable.
Porque honor, y probidad comprobable, hay en personalidades de lustre como el Dr. Manuel Vicente Ledezma, el Dr. Juan Manuel Carmona P., Dori Parra, el Dr. Joel Rodríguez, el Dr. José Rafael Mendoza, el Dr. Hugo Rivas Franco, el Dr. Pastor Palacios, el Dr. Carlos Zapata Escalona. Uno trata de perforar esas humanidades con un taladro y siente enseguida el concreto de sus reputaciones.
Era preciso, pues, advertir sobre los antecedentes de los advenedizos servidores.
¿No venía uno de ellos a cuidar del orden y de la seguridad de todos?
Era obligante, como diría Ernesto Sábato, “nombrar la verdad”.
Era la “meta noble” de la que habló mi padre, la tarde en que le confié en Cabimas no sé qué angustia adolescente.
O como discurriría Bolívar –¡de Bolívar hablo, líderes bolivarianos!–. Con qué vehemencia protestó el Libertador contra los corruptos de toda ralea, a quienes llamó “delincuentes que se alimentan de la sangre de los ciudadanos” y los encontró merecedores de la pena de muerte. Bolívar instruyó a la redacción del Correo del Orinoco, esa su cara obra, a ser “centinela contra todo exceso u omisión culpable”.
La prensa, juzgó Bolívar, debe actuar “como fiscal de la moral pública y freno de las pasiones”.
Ese principio lo recogió el Código de Ética del Periodista Venezolano, que es ley, en su artículo 40:
“El periodista tiene el deber de combatir sin tregua a todo régimen que adultere o viole los principios de la democracia, la libertad, la igualdad y la justicia”.
Y la propia Declaración de Chapultepec, una Biblia para el gremio, reza que “la libertad pertenece a los seres humanos, no al poder”.
¿Cómo dudar, y contenernos, por el temor a la represalia segura?
¿Inhibirnos ante el peligro cierto de ir a parar con nuestros huesos a la cárcel, e incluso de ser torturados allí?
Anteponer un temor personal al interés colectivo es mezquindad infame.
Entonces, frente a un caso evidente de corruptela e impunidad insolente, no había alternativa. No quedaba resquicio para la excusa cobarde.
Se imponía hacer justo lo que se debe hacer. No otra cosa.
Es que ni la ética, ni la verdad, aceptan matices.
Bolívar, con poética justeza, hablaba de “la verdad pura y limpia”.
Todo compromiso con la verdad implica una sostenida línea recta, y asumir enteros los riesgos.
La verdad es compromiso claro, patente.
La mentira en cambio es zigzag, oscilación, doblez, oportunismo.
Y no hay ninguna otra virtud más vinculada a la verdad, que la justicia.
Quien quiera ser justo deberá renunciar a toda impostura.
¿Eso trae peligros? Sí.
¿Eso puede generarnos sobresaltos? Definitivamente sí.
Es probable, incluso, que nuestras vidas se vean alteradas.
Aunque queda, claro, la opción del silencio, de la discreción calculada.
Es el mugriento burladero de aquellos a quienes, con volcánica fuerza, Briceño Iragorry –no nos cansaremos de citarlo– llamó los “doctores del disimulo”.
Usted mira alrededor y los distinguirá. Vea, es fácil reconocerlos. Tienen piel tornasolada. Conservan una rentable vocación de agazapados. Contemplan todo el drama que ahora mismo está pasando, con ojos ajenos, distantes. Los verá, siempre, “con un pie en todas las causas”. Usted los convoca a denunciar la tiranía, y ellos vomitarán alguna vaga lenguarada contra la violencia. ¡Hermosa forma de ser pacifistas! Usted les transmite su aflicción, y la del país todo, y ellos sólo despedirán una rebuscada y conveniente sonrisa de idiotas.
Son los que en lugar de reaccionar cuando la nación se desangra, miran de reojo cuántos puntos tiene todavía el déspota en las encuestas. Deprisa, los cínicos del aguante ventajoso verifican el reloj para adivinar cuánto chance queda aún, y sacan usureras cuentas de ocasión, mientras tropiezan con las dolidas víctimas de una tragedia que su complicidad criminal ayuda a prolongar.
En el caso que nos toca, los cínicos con toga, birrete y poder, pedían descalabrar mis posibilidades de defensa en el juicio.
Adujeron pruebas que no incorporaron al expediente, y aún desconozco. Sólo las citaron. Y el juez aceptó.
Alegaron que yo podía vérmelas con un solo abogado a mi favor, aunque el COPP habla de “hasta tres abogados de confianza”. Y el juez los complació: desalojó de la sala a uno, al invicto litigante Pérez Linárez.
En forma desusada pidieron trasponer normas específicas del Código Civil al Código Penal. Y el juez también lo admitió.
El cúmulo de graves violaciones al principio del debido proceso fue tal, que les faltó valor para cubrir la segunda fase del plan: realizar el juicio de una vez (ya tenían allí listos sus testigos –militares retirados casi todos–, mientras que los nuestros estaban en Caracas).
Yo iba a salir esposado del tribunal. Así seguía el guión previamente escrito en un despacho oficial cercano. En el Palacio del rey Desastroso El Grande.
Pero la Corte falló en contra del poder.
No lo podían creer. Se sentían humillados. ¡¿Hacerles eso a ellos?!
Los pavos reales eran ahora zorros ofendidos.
Fue cuando un dedo índice apuntó a la turba que, del lado de afuera del tribunal, aguardaba instrucciones.
Mientras nos evacuaban y bajábamos atropelladamente desde el noveno piso hasta el sótano por escaleras oscuras, oíamos los estrépitos de la horda que pocos metros atrás guitaba mueras, disparaba, y destripaba a su paso puertas y ventanas.
Vimos huir como si se tratara de maleantes perseguidos a los magistrados y al personal de la Corte. En el estacionamiento del sótano, las mujeres se ovillaban en el piso de los autos, al tiempo que los heroicos alguaciles levantaban las pesadas santamarías para que se aventuraran a ganar la calle, sin saber qué situación les acechaba del otro lado.
Cuando toda esa tribulación que pudo acabar en tragedia se desencadenaba allá abajo en medio de una tensa tiniebla, arriba, el militar de mirada insensible, sus tres abogados y los escoltas, eran vistos mientras pulsaban tranquila y fríamente el tablero del ascensor. Como quien una tarde de ocio va de un piso a otro, en los animados ambientes de un centro comercial.
Apenas tres meses después, en enero de este año, la contraloría interna del Instituto Autónomo Aeropuerto Internacional de Maiquetía (Iaaim) dio cuenta en Gaceta Oficial de los pagos indebidos por 236 millones, determinó la responsabilidad administrativa e impuso a los imputados una multa por 948.800 bolívares.
–No tiene importancia. Esa es una oficinita –abrió la boca el poder.
Pero ahora, la peor afrenta viene del propio Contralor General de la República.
Se confiaron.
Creo que fue Eduardo Galeano quien escribió que por privilegio de su impunidad, el poder se da el lujo de vivir en estado de perpetua distracción.
Era fácil concluir que si Clodosbaldo Russián, pieza del Poder Moral del proceso, no encontró daño alguno al patrimonio público en los desenfrenados saqueos del FIEM y del Plan Bolívar 2000, ¿se iba a ocupar acaso de estas terrenas minucias?
Pero no se sabe a cuenta de qué indescifrable milagro, el asombro se produjo.
Y por una de esas inescrutables ironías del destino, la condena apareció publicada en la Gaceta Oficial con fecha 27 de junio, justo el Día del Periodista, fecha instituida a la memoria del Correo del Orinoco, patriótico órgano de prensa al que Bolívar pidió ser “centinela contra todo exceso u omisión culpable”.
Se ordenó la destitución “inmediata”, y la inhabilitación política durante tres años.
Usurpan sus actuales puestos. Sus actuaciones son espurias.
Sólo los ingenuos que a estas alturas suponen que en Venezuela hay democracia real y que aún respira el Estado de Derecho, pensaron que acatarían el mandato.
Han sido sancionados, echados del Paraíso, pero no abandonarán sus agujeros. Es decir, sus privilegios, sus ventajas. Sus corazas de impunidad.
Sin poder se sentirán desnudos, vacíos, vulnerables. Se hundirían en la nada social.
Moralmente destituidos y desechados, han buscado remendar la deshonra por la vía más fácil e insensata: linchando en la plaza pública a quien les descubre el lunar que les afea la fama. Así como en la antigüedad se castigaba las malas noticias, dando muerte al mensajero.

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Acerca de mí

Periodista. Jefe de Redacción del diario El Impulso, de la ciudad de Barquisimeto, Venezuela